LA REBELIÓN DE LAS MASAS CONTINÚA EN EL SIGLO XXI
La Rebelión de las masas es la obra más conocida de Don José Ortega y Gasset. Escrita hace cien años, sus reflexiones y conclusiones no han pasado de moda, sino que por el contrario llegan hasta el siglo XXI, hasta la actualidad. ¿Nos dirigimos otra vez al caos? ¿Ha vuelto a caer la sociedad occidental e incluso el mundo globalizado en manos del hombre-masa?
Título: Las almas alemanas, siguiendo los consejos de Hindenburg, se atrincheran contra las proclamas enemigas. (19/09/1918)
Portada de la revista «España», fundada por José Ortega y Gasset en 1915.
La Rebelión de las Masas es el título del libro más conocido de Ortega y Gasset. Comenzó a escribirlo en 1927 en forma de artículos para el Diario El Sol y se publicó, ya como libro, en 1930. En 1937 lo completó con un Prólogo para franceses y un Epílogo para ingleses[i].
Escrito en el contexto de una Europa que se dirigía aceleradamente al caos, con la revolución Bolchevique en Rusia en pleno apogeo, y el surgimiento del Fascismo en Italia y el Nazismo en Alemania, este libro invitaba a la reflexión desde las perspectivas social, filosófica y política, y aventuraba un futuro nada halagüeño y muy sombrío de la sociedad occidental que, desgraciadamente, se cumplió.
Por sus páginas no ha pasado el tiempo y, al releerlo, volvemos a encontrar en el globalizado Mundo del siglo XXI demasiadas coincidencias. La crítica al momento actual, saturado de populismos, liderazgos demenciales y una creciente aculturación e incluso negación explícita de la Ciencia, encuentra un reflejo en las líneas de este libro publicado hace noventa y nueve años. Sin embargo, toda lectura de la Rebelión de las Masas requiere una interpretación subjetiva y meditada. Yo aquí expongo la mía. No pretendo adoctrinar o manipular conciencias, esto es precisamente lo que, entre otras cosas, critica Ortega, sino animar a la lectura y a la reflexión.
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15/02/1928
Don José Ortega y Gasset utiliza el término de «hombre satisfecho» para definir al nuevo ciudadano occidental que surgió de las revoluciones liberales y nacionalistas del siglo XIX. En este siglo, en Europa y gran parte de América surgió un nuevo hombre que, por primera vez en la historia de la humanidad, se veía seguro, poderoso, capaz de dirigir su propio destino. Porque hasta el siglo XIX hubo dos tipos de seres humanos: por una parte, las élites gobernantes y, por otra, el pueblo llano, sujeto a los vaivenes y los caprichos a los que era sometido por las decisiones de los poderosos. El pueblo llano, la masa, apenas contaba en el devenir del mundo y su propia vida pendía cada día de un hilo que, en cualquier momento, podía cortarse. Pero las revoluciones liberales todo lo cambiaron y trajeron la democracia, el derecho de ciudadanía, el privilegio de las grandes masas a decidir, a intervenir en política y, consiguientemente, en las decisiones del Gobierno, y hasta de participar directamente en la gobernanza siguiendo el cauce abierto por los partidos políticos. Incluso en algunos países, los desheredados durante siglos llevaron a cabo revoluciones que, al menos en teoría, les dieron el poder. Todo cambió.
Estos hechos no son, en sí mismo, negativos, pero derivaron en una consecuencia que resultó altamente nociva. Porque llevaron a una malinterpretación de este poder que se concedía al ciudadano medio y esto derivó en una auténtica tragedia: Surgió lo que Ortega denomina el hombre-masa. Un nuevo tipo de ser humano que, empujado por su ignorancia, su arrogancia y su soberbia, degeneró hasta convertirse en un auténtico peligro para la civilización. Un hombre -masa que se extendió por Europa y América, creando masas homogéneas que saltaron fronteras y todo lo invadieron.
El hombre -masa, producto del nuevo orden, tenía (y tiene) una serie de características que definía Ortega en su obra y que, por desgracia, volvemos hoy a observar:
- Cree tener derechos, pero no obligaciones.
- Se considera poseedor de todo el conocimiento, por lo que desprecia la Ciencia. Utiliza la técnica, los adelantos técnicos que tanto bienestar le han proporcionado, pero no se plantea que para llegar a estos avances hubo hombres y mujeres extraordinarios que trabajaron para ello. Se atreve, incluso, al negacionismo, a negar las afirmaciones de los científicos desde una soberbia y una arrogancia insultante. ¿Hay algo más ridículo que creer que la tierra es plana, que las vacunas introducen chips en nuestro cuerpo o que por el hecho de nevar un día ya está claro que no hay cambio climático?
- Se encuentra vaciado de su propia historia, no se plantea la importancia del pasado. Desprecia la Historia y vive en un eterno presente, sin pasar en sus reflexiones más allá del futuro inmediato. Desprecia la Historia en vez de integrarla en sus decisiones o, como mucho, la manipula a su conveniencia. La consecuencia es que se encuentra abocado a repetir las equivocaciones del pasado porque no es capaz de entender que los más sabios son los que aprenden de los propios errores. Pero no le importa porque por supuesto el hombre-masa nunca cree cometer errores, ni se angustia, arropado y justificado por la masa que lo envuelve y a la que toma siempre como única referencia.
- Se siente idéntico a sus iguales, identificándose con la masa, con el sector o grupo humano en el que se encuentra acogido, perdiendo la capacidad de autocriticarse. Solo siente su existencia dentro de la masa, una masa que le da seguridad y en la que se deja conducir. Su destino es la masa, no hay nada nuevo o bueno fuera de la masa. Y, por supuesto, desprecia y menosprecia a los que son diferentes. Una masa que le uniformiza con palabras clave, con términos fetiche o lemas, con indumentaria o gestos que ayudan a la identificación con el grupo. Una masa respaldada hoy por los algoritmos.
- En este contexto, el hombre- masa encuentra como referencia fundamental a los que Ortega llama los idola fori, los ídolos que la masa elige entre los que, con astucia, se ganan el respeto de los demás y se erigen en sus gurús, en sus directores y, por supuesto, en sus manipuladores. Estos idola fori se mantienen utilizando el engaño que llamamos populismo (promesas vacías e imposibles de cumplir, pero que agradan a quienes las escuchan).
- Los idola fori utilizan y mantienen determinadas ideologías para uniformizar a los hombres – masa, controlarlos y dirigirlos. Las ideologías son sistemas de ideas, creencias, emociones, valores que, en estos grupos, en estas masas, se convierten en incuestionables e inmutables y dirigen la vida de estos hombres – masa. Las ideologías, muchas de ellas definidas por términos que finalizan en el sufijo «– ista», llevan a los que fanáticamente las sostienen a la incapacidad para encontrar matices en la realidad a la que se enfrentan, a rechazar la flexibilidad de los conceptos, a negar todo lo que no se encuentre perfectamente definido por unos parámetros preestablecidos de acuerdo con «su» realidad. Y siempre negándose a la reflexión, a la evidencia, a la que rechazarán, simplemente, por ser distinta a sus creencias. Aunque escuchen otras explicaciones y éstas estén llenas de coherencia, ellos siempre las rechazarán o, simplemente, las omitirán, olvidándolas. Porque no se trata de dar o quitar la razón, de debatir amistosamente y aceptar las reflexiones del interlocutor, sino de imponer sus opiniones, ya que intuyen que si aceptaran el debate lo perderían.
- Pero lo más grave es que los idola-fori, los líderes provocan la ruptura violenta con otros grupos humanos con un doble fin: En primer lugar, cohesionar al grupo y, para ello, nada mejor que utilizar el odio excluyente, porque el odio es el mejor aglutinante social. En este afán, no dudan en inculcar el miedo, un miedo defensivo y agresivo a todo cuanto está fuera de su corpus ideológico. Y, en segundo lugar, enaltecer al líder y hacerle necesario para que se ponga al frente ante la inevitable lucha contra el enemigo que se han inventado y al que temen.
Este es el tipo de individuo que Ortega y Gasset señala como hombres -masa. El niño mimado, heredero de las ventajas, la seguridad y las comodidades de la civilización. Es el «señorito satisfecho». Los hombres -masa son boyas que van a la deriva manipulados por los idola fori que van surgiendo y haciéndose necesarios para ellos. Estos son los individuos que desprecian a todos los que no tienen su ideología.
Pero a los que más desprecian son a los que Ortega llama hombres – nobles, o hombres -excelentes. Esos hombres y mujeres que se encuentran en el lado opuesto, personas que:
- Consideran sus derechos, pero también sus obligaciones y deberes.
- Tienen muy clara la importancia de la Historia como referente necesario para evitar errores.
- Se encuentran lejos de ser esclavos de ideologías inmutables, porque ellos tienen ideas (no ideología), basadas en los conceptos morales sólidos que construyeron las sociedades liberales y entre los que se encuentran los más elementales del cristianismo (amor, paz, libertad, comprensión, …).
- Valoran la importancia de la superación, del trabajo, del esfuerzo y, en suma, de la Ciencia, considerando que nada nos ha sido dado sin un esfuerzo que debe mantenerse.
- No solo son capaces de autocriticarse, sino también de aceptar las críticas de los demás.
- Rechazan el seguidismo a un líder y solamente aceptan que el gobierno de la sociedad se encuentre en manos de los que realmente buscan el bien común y la felicidad de los ciudadanos, además de estar capacitados para ello.
- Consideran que el odio debe ser rechazado y que el mejor aglutinante social es el esfuerzo y la búsqueda compartida de la prosperidad.
Los hombres-masa presumen de su vulgaridad, de ser «normales», de ser «como todo el mundo» y desprecian y, sobre todo, temen, a las personas diferentes que se muestran superiores en cultura, intelectualidad, capacidad de decidir y razonar. Para ellos ser diferente es indecente, anormal, rechazable. Hay que ser como todos los que pertenecen a su mundo. El problema es que ahora la mayoría de la población es parte de estas masas, quedando los hombres-nobles en absoluta minoría. La abuela de mi esposa, la abuela Inocencia, henchida de sabiduría solía afirmar: «Ahora, los normales somos los raros» ¡Cuánta razón tenía!
Lo que acabamos de leer es la descripción que Don José Ortega y Gasset hace del mundo en el que le tocó vivir, un mundo de hace nada menos que cien años. Y, sin embargo ¿acaso no nos ha parecido al leerlo demasiado parecido al actual?
Ortega, en el Prólogo para franceses de esta obra, La rebelión de las masas, hace una afirmación que personalmente siempre me marcó, porque encontré en ella una referencia moral perfectamente aplicable al presente. Una afirmación que resume el absurdo seguidismo ideológico de los hombres – masa, su uniformidad irreflexiva:
«Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral».
Una afirmación que me lleva a reafirmarme en que lo importante no es tener ideologías, sino ideas, ideas de cultura, arte, conocimiento, historia, literatura, sociales, políticas, etc. … Pero ideas propias, maduradas y siempre sujetas a la crítica.
Cuando alguien, al oírme hablar u opinar intenta asignarme a un grupo, a una masa concreta, y me pregunta «a quién voto» o, más directamente, «cuál es mi ideología», mi respuesta es siempre la misma: «Voto en cada momento a quien creo que me va a representar mejor, a quien va a defender mis derechos, a quien manifiesta un plan que considero mejorará nuestro bienestar» porque, insisto, «no tengo una ideología que me uniformice, que me esclavice, que me haga monótono y predecible, sino ideas, ideas claras sobre lo que creo que me conviene a mí y a la sociedad en la que vivo».
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EL RESURGIR DEL HOMBRE-MASA
La España de hoy es heredera directa de un pasado no demasiado lejano y que la ha hecho caer, nuevamente, en sus vicios históricos. Unos vicios que, por cierto, comparte con el resto de Occidente y que aquí hemos definido.
España, tras el Franquismo que puso un uniforme a casi todos los españoles, supo trazar a partir de 1975 una Transición dirigida a su plena integración en Europa y romper con el pasado. Tras años de «Spain is different» (España es diferente) los españoles, y subrayo los españoles, decidimos cambiar las cosas y volver al Liberalismo que quedó frustrado y aparcado por el choque insolidario y egoísta (propios de los hombres-masa que lo protagonizaron) de dos corrientes irreconciliables en la sangrienta Guerra Civil.
Sin embargo, a partir de la llegada del siglo XXI la difícil concordia se terminó y volvieron a aflorar con fuerza las ideologías más radicales en manos de masas incompatibles. No es que no hubiera habido ideologías antes, que las hubo, pero no llegaron en aquellos momentos de finales del siglo XX a formar con tanta nitidez como ahora se aprecia a masas como las que actualmente sufrimos. Los hombres – masa regresaron con toda su fuerza, favorecidos por las sucesivas crisis, pero sobre todo por la eclosión de las redes sociales y la facilidad para comunicar, para agrupar, para identificarse y aislarse en grupos cerrados (gracias a los algoritmos), pero también para exhibirse, para creerse por encima de la moral, de la inteligencia, de la cultura, de la Ciencia, e incluso negarla estúpidamente … Porque por desgracia y como dice la expresión española «hoy, hasta el más tonto hace relojes».
LA MANIPULACIÓN DE LA HISTORIA
Políticamente, a partir de 2004 el Parlamento se fraccionó, se puso en duda la validez del espíritu de concordia de la Transición e incluso de la propia Constitución de 1978, a lo que desde la extrema izquierda se llamó despectivamente «el régimen del 78», con la clara intención de acabar con la armonía que representa. Se volvió a reactivar la memoria de la Guerra Civil, despertando odios y enconamientos ya superados y olvidando que en aquella maldita guerra mataron todos y, como afirmaba Felipe González, «algunos prefieren ser nietos de la Guerra Civil en vez de hijos de la Transición». ¿Cómo puede seguir marcando la vida política española una guerra que finalizó hace 86 años? La explicación es fácil: Se reviven determinados hechos de la Historia para manipularlos a conveniencia y utilizarlos como armas contra el contrario.
Se volvió a la verborrea bolchevique y libertaria que ya escuchaba yo en la facultad, allá por los años setenta, y que ahora suena trasnochada, caducada e inservible. Algunos románticos de la porra y la camisa azul se creyeron con derecho a cantar el Cara al Sol de los falangistas en la calle, creyendo que aquello era progreso. Se afirmó que con Franco se vivía mejor sin tener ni idea de cómo se vivía, o que con él no había corrupción olvidando, por ejemplo, que su familia, sin haber trabajado jamás, posee un patrimonio de cientos de millones de euros. Se volvieron aponer de moda objetivos marxistas revolucionarios protagonizados por niños ricos, por auténticos y genuinos «pijo-progres».
EL PODER DE LOS NUEVOS IDOLA-FORI
En estas circunstancias, los grandes partidos, PSOE y PP, han sido incapaces de crear mayorías suficientes y dependen de las masas más radicales que condicionan las decisiones y hacen muy difícil la gobernabilidad. Además, y para tensar aún más la situación, hemos asistido a una burocratización del poder, a la creación del «oficio de político» que no se considera elegido por los ciudadanos para servirles, sino que entiende la política como un trabajo en el que debe mantenerse de por vida, porque fuera de la política no tiene nada. Son los nuevos idola fori de los que hablaba Ortega.
Un buen número de representantes de los ciudadanos elegidos en las urnas se han criado en los partidos desde sus formaciones juveniles, sin pasar previamente por una formación personal y profesional que les faculte para llevar a cabo la gestión pública de forma competente, con eficacia y eficiencia. Y, lo que es mucho peor, situando el interés personal por encima del interés común. Se ha olvidado el artículo 13 de la Constitución de 1812 que dice:
El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen.
¡Qué lejos de este objetivo se encuentra la política de determinada presidenta de una importante comunidad autónoma! preocupada en arrinconar hasta destruir a la Educación y la Sanidad Pública en aras de no sabemos bien qué beneficios.
Se ocupan puestos de gran responsabilidad por personas de talento y formación insuficiente, ascendidos en función de su fidelidad y lealtad a sus líderes, y plenamente convencidos de que la política no es un servicio, sino una actividad profesional. Los líderes políticos procuran rodearse de personas de escaso talento para evitar que les hagan sombra, que les disputen el poder y, por desgracia, se ha olvidado aquella máxima de Aristóteles que decía que «los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará».
Hoy contemplamos como los afiliados a los partidos políticos, especialmente los que ocupan puestos de responsabilidad y aquellos que desean medrar para ascender, olvidan que la lealtad no implica sumisión y que la nobleza y la honradez deben guiar sus acciones por encima de todo. El pintor El Greco lo representaba con un sencillo gesto que no pasa desapercibido, retratando a sus caballeros con los dedos anular y corazón unidos y separados del resto. El anular, en el que se coloca el anillo, indica el compromiso al que no debe faltar, en nuestro caso, el compromiso con la sociedad, con los ciudadanos. El dedo corazón es el que representa y nos recuerda el honor, la honradez, la honestidad, la rectitud en nuestras acciones.
ESCASEZ DE INTELIGENCIA, POPULISMO, NARCISISMO Y ODIO
En definitiva, las masas han vuelto, con sus hombres – masa, sus ideologías cerradas, su manipulación de la Historia, su odio y su desprecio a todo el que no sea de los suyos y sus idola- fori al mando. Cada masa elige a sus representantes, sacados de entre ellos y tan simples como ellos, elegidos no por méritos que les diferencian de los demás, sino por ser exactamente como ellos, pero más ambiciosos y sin escrúpulos morales de ningún tipo.
La masa es egoísta y los políticos elegidos por la masa también lo son. Son políticos que carecen de una inteligencia brillante, pero gozan de una inmensa astucia. La diferencia se la expliqué una vez a una persona que afirmaba que el presidente del Gobierno de España era muy inteligente porque sobrevivía a todos los escollos a los que se enfrentaba. Argumenté que no se trataba de un liderazgo inteligente, porque nunca tomaba decisiones que a largo plazo solucionaran los problemas y permitieran un prolongado período de crecimiento y prosperidad, sino de un liderazgo de astucia, en el que día a día se iban tomando decisiones que solucionaban los problemas a corto plazo, saliendo del paso, permitiendo sobrevivir un día más, aunque esto condujera a nuevos problemas y lentamente hacia el caos y el desastre. Son liderazgos de astucia, no de inteligencia.
Por desgracia, hoy el mundo es más complejo que nunca y, sin embargo, hoy está dirigido como antes nunca estuvo, por hombres – masa salidos de las masas. Políticos que de forma acelerada sobrepasan la acción democrática, desbordan el Liberalismo democrático de nuestra sociedad e incluso pretenden adueñarse totalmente del poder político sin control alguno. Utilizan a las masas que los encumbran y un desmedido Populismo para acaparar el poder absoluto y eterno a partir de ideologías que ya conocimos en el siglo XX y nos condujeron a la mayor guerra que ha sufrido la humanidad. Son gobiernos sin Historia, sin memoria, dispuestos a repetir los errores del pasado por puro narcisismo de sus líderes, por su vanidad. Tenemos un buen ejemplo en la política de Donald Trump a quien, a pesar de demostrar sobradamente su inmadurez, su personalidad desequilibrada y su egolatría, le siguen millones de norteamericanos (la masa), cohesionados por lemas sencillos y populistas, como «Make America Great Again» (MAGA) que han convertido en un auténtico mantra. Aquí, en España, otros utilizan frases auto identificadoras como slogans-fetiche, tales como «Gobierno Progresista», «En España sobran ocho millones de inmigrantes», o el conocido «¡Viva la libertad, carajo!» que tanto se oye en Argentina.
Estos líderes actuales han dejado de utilizar la razón, la argumentación, para servirse simplemente del odio hacia el enemigo. Y digo «enemigo», no digo «rival político», porque con el rival político se disputa, se discute, se rivaliza; pero al enemigo se le odia. El odio es utilizado porque es un magnífico elemento de cohesión. Como indicaba anteriormente, el odio es el mejor «pegamento» que utiliza el líder para cohesionar y dar motivos de lucha a los que le sirven. No olvidemos ejemplos del pasado, como Hitler, que supo utilizar el odio racial para dar forma a su partido y unir los intereses de los alemanes. Un odio que siempre precisa de un líder fuerte que sepa hacer frente a ese «feroz» enemigo al que, en lugar de ganar en las urnas, es necesario aplastar. Un odio que algunos ministros del Gobierno de España o presidentas autonómicas, olvidando la dignidad a la que están obligados por el puesto que ocupan, lanzan asiduamente en Twitter (hoy llamado «X»).
Al utilizar el odio como elemento central de la política se justifican las decisiones del líder sin demandarle demasiados argumentos, se le permiten acciones deplorables, como colonizar el poder, situando en importantes puestos de responsabilidad a personas fieles y sumisas (auténticos mamporreros) y, por supuesto, olvidando los intereses comunes. Se busca el menosprecio del contrario, para ensalzar al propio líder, desconsiderando al rival político y llegando incluso al insulto, rodeando al líder de un aura y de una adulación que incrementa su narcisismo, un narcisismo que se puede convertir en patológico y terminar, incluso, en brotes psicóticos. Como también dijo Aristóteles «un estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por unas buenas leyes» y hoy es difícil encontrar a esos «hombres buenos».
La política debe estar regida por la pugna entre contrarios, por la rivalidad, pero no por el odio. Y nunca debe descartar el consenso cuando el bien común, la felicidad de los ciudadanos, está en juego. Algo que hoy se olvida con demasiada frecuencia y, sin embargo, fue clave durante la Transición.
¿VOLVER AL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN?
Este es el panorama de una España dividida como hacía muchos años no lo estaba. Una España tensa que añora tiempos en los que la política, a pesar de sus imperfecciones, se movía en parámetros de una relativa honradez y coherencia democrática. Una España que hoy se encuentra en manos de los hombres – masa.
Y lo más grave es que en estos momentos de duda y crisis política nos olvidamos del pasado. O, lo que es peor, lo menospreciamos, como si lo que ha ocurrido hubiese caído del cielo, hubiese pasado por casualidad, sin mediar el esfuerzo y el sacrificio de muchos. La bien ganada democracia tras años de inercia, de automatismo franquista, no vino sola. Durante los quince últimos años del Franquismo, ese régimen que se acabó con la vida del dictador, muchos españoles se prepararon y trabajaron para traer el progreso a España, un progreso que solo podría obtenerse con la instauración de un régimen democrático que nos llevara a alinearnos y a tratar «de tú a tú» al resto del mundo occidental, en el que se encuentra nuestro sitio.
La Transición democrática se produjo a pesar del fanatismo absurdo, cruel y odioso de unos grupos de exaltados y de terroristas repudiados por la generalidad de los españoles. Fue una transición protagonizada por la mayoría de los ciudadanos, una transición política de la que se cumplen ahora cincuenta años que estuvo coordinada por unas cuantas personas que todos conocemos, y que supieron mostrarse generosas e inteligentes. Pero en la que participamos los propios españoles que lo vivimos, que en su momento sentimos miedo, angustia, rabia, esperanza, alegría, satisfacción… que vimos cómo se abría ante nosotros un mundo nuevo, con defectos, pero lleno de luz. Y lo hicimos valorando la Historia; haciendo autocrítica; considerando derechos, pero también deberes; apartándonos de ideologías inútiles; buscando puntos de confluencia; evitando el odio y el desencuentro, respetando a los rivales y, sobre todo, escuchando …
En momentos de crisis, como ahora, de desencanto, de enfrentamiento, de incumplimientos y de mentiras, es cuando debemos hacer lo que hicimos entonces: trabajar, perseverar, escuchar, colaborar, cooperar, mantener la ilusión, llegar a acuerdos y no ceder ante el odio o el miedo. Mirémonos en el espejo de la Transición y sigamos adelante. Somos la consecuencia de nuestro pasado y solamente podremos avanzar y, sobre todo, evitar o corregir errores conociendo nuestra historia, valorando lo que tuvo mérito y evitando lo que nos perjudicó. Conozcamos lo que ocurrió, identifiquemos los hechos, buenos y malos, y actuemos en consecuencia. La crítica histórica es la base, y la clave, de un futuro mejor. Superemos a las masas ignorantes que desprecian la memoria, la Cultura, la Ciencia. Recurramos a la Historia y, sobre todo, al diálogo.
Seamos hombres – nobles. Evitemos y superemos a los hombres – masa.
Luis Orgaz Fernández
30/03/26
REFERENCIAS
[i] La rebelión de las masas. José Ortega y Gasset. Colección Austral. Ed. Espasa Calpe, 1986.
Puede encontrarse en la red en los siguientes enlaces:
https://monoskop.org/images/f/f6/Ortega_y_Gasset_Jose_La_rebelion_de_las_masas.pdf
https://archive.org/details/LaRebelionDeLasMasas/page/n1/mode/2up
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