LA DIVISIÓN AZUL
La División Azul o, como se llamó oficialmente, División Española de Voluntarios contra Rusia, fue la pequeña contribución española a la Segunda Guerra Mundial. España no participó oficialmente en esta guerra, pero esto no impidió que entre 1941 y 1943 un buen número de españoles se pusieron el uniforme alemán, el uniforme de la Wehrmacht, y combatieran en el frente de Leningrado contra soldados soviéticos. España mantuvo constantemente en ese período una división de 18.000 soldados, lo que propició que en varios reemplazos fueran 45.000 los voluntarios que marcharon al durísimo frente ruso. Su uniforme era alemán, pero bajo la guerrera llevaban la camisa azul de la Falange.
El 22 de junio de 1941 tres millones y medio de soldados alemanes, reforzados por un millón de soldados rumanos, finlandeses, húngaros, italianos y eslovacos, invadieron violentamente la Unión Soviética en la llamada Operación Barbarroja. Frente a ellos, cinco millones de soldados rusos se vieron desbordados, materialmente barridos, por una ola de hierro y fuego que ordenada y disciplinadamente les sobrepasó. Sus medios materiales eran inferiores a los de los alemanes, pero su principal problema recaía en la carencia de mandos con experiencia y eficaces. Las «purgas» de Stalin, desarrolladas entre 1938 y 1940, dejaron al ejército soviético en clara inferioridad. Como consecuencia de estas purgas, fruto de la personalidad paranoica del más cruel dictador de todos los tiempos, solo sobrevivieron seis generales de noventa, y casi dos tercios del total de altos mandos militares fueron enviados a Siberia o ejecutados. Iosif Stalin es el ser humano que, probablemente, más crímenes tiene sobre su conciencia en toda la historia de la humanidad, gobernó como un tirano y fue responsable de torturas, ejecuciones, hambrunas y destierros siberianos que ordenó por millones.
Sin embargo, el éxito inicial alemán fue efímero. Las tropas alemanas poco a poco vieron ralentizado su avance a medida que pasaban los meses y se acercaba el invierno. El avance se vio frenado primero por el barro y después por la nieve, colaborando, además, la política de tierra quemada y las oleadas de soldados que Stalin enviaba al frente, soldados que carecían de suficiente preparación y que incluso, en ocasiones, no contaban con armas y debían esperar a que muriera un compañero para poder hacerse con su fusil. Pero este inmenso sacrificio colaboró enormemente a frenar a los alemanes y que no consiguieran ninguno de los tres objetivos que se habían propuesto:
- El primero, al norte, era Leningrado (la antigua San Petersburgo). Objetivo ideológico por lo que suponía en la historia de los zares y de la revolución comunista soviética.
- El segundo, en el centro, Moscú. Objetivo político, por ser la capital.
- El tercero, en el sur, Stalingrado. Objetivo económico por ser la llave que daba acceso a los ricos campos petrolíferos del Cáucaso.
Poco más de año y medio después, el 1 de febrero de 1943, todo cambió radicalmente. El mariscal alemán Von Paulus se rindió en Stalingrado con todo su ejército, iniciándose la dura y definitiva derrota del, hasta entonces, invencible ejército alemán. La Unión Soviética puso en marcha una durísima y eficaz política de rearme más allá de los Urales y recibió ingentes ayudas de Estados Unidos y Reino Unido, lo que la convirtió en invencible. El ejército alemán se fue desmoronando, y terminó perseguido y acorralado en Berlín.
Los soldados españoles, afortunadamente para ellos, no se encontraban en Stalingrado, sino bastante lejos. En principio fueron destinados al cuerpo de ejército que debía llegar a Moscú, pero ante la férrea resistencia de los rusos en el norte, en el frente de Leningrado, se les desvió como refuerzo hacia la zona de Nóvgorod y se terminaron situando a lo largo del curso del río Vóljov, desde el lago Ilmen hasta el lago Ladoga (ver mapa). Su misión era apoyar los ataques alemanes para entrar en Leningrado.
Pero, si la España de Franco se había declarado neutral en la Segunda Guerra Mundial, ¿qué hacían allí aquellos voluntarios españoles? Esos voluntarios que, como vemos en la fotografía, fueron despedidos con una inmensa euforia.
Las relaciones entre Alemania y España eran fluidas y cordiales. La ayuda de Alemania a Franco durante la Guerra Civil había sido transcendental. A cambio de esta ayuda, España permitió al Führer ensayar técnicas, armas y estrategias bélicas ante el enorme conflicto que se avecinaba, además de dotar a su ejército de ingentes cantidades de wolframio extraído de minas gallegas y muy necesario para endurecer el acero de sus tanques y cañones.
La sintonía entre ambas naciones se tradujo en una visita del hombre de confianza de Franco, su cuñado Serrano Suñer, a Alemania en septiembre de 1940. Visita que devolvió el todopoderoso Heinrich Himmler, jefe de las SS, que visitó España un mes más tarde. Fue una visita con anécdotas, como el horror que sintió Himmler al ser espectador de una corrida de toros, a la que tachó de «cruel espectáculo» (curioso comentario de uno de los hombres, más sanguinarios de la historia de la humanidad), además de mostrar un especial interés por enigmas sagrados, como la Mesa de Salomón o el Santo Grial y su relación con España. Pero, en realidad, su objetivo era preparar una reunión en la cumbre entre Franco y Hitler, reunión que se celebró a finales de octubre de ese año en Hendaya (Francia).
En aquel momento Franco había tomado la decisión de permanecer neutral ante el lamentable estado económico y social en que se encontraba la España de la postguerra, a pesar de los llamados «germanófilos», influyentes grupos de presión que clamaban por entrar en la guerra junto a los alemanes. Frente a estos se encontraban los denominados «aliadófilos» que, por el contrario, eran partidarios de aproximarse a las grandes potencias contrarias a Hitler, especialmente Francia y Gran Bretaña.
Esta lucha no era baladí ni tema menor, al contextualizarse en la rivalidad ya preexistente entre las dos grandes corrientes ideológicas que Franco había utilizado para conformar su poder: Falange y Comunión Tradicionalista (carlistas). Podemos dedicar unas líneas a describir el problema:
Durante la Guerra Civil y la inmediata postguerra, dos grupos ideológicos muy diferentes se enfrentaron dentro del bando denominado «Nacional», dirigido por Francisco Franco.
El primero y más importante era la Falange Española y de las JONS[i], organización política creada en octubre de 1933 por José Antonio Primo de Rivera (fusilado el 20 de noviembre de 1936) y sus más allegados. Su ideología «nacional-sindicalista» se alineaba con el Fascismo italiano, giraba en torno a una declaración de veintisiete puntos en los que se mostraban claramente partidarios de un único partido, un único sindicato y un control exhaustivo de la sociedad. Sus líderes debían ser elegidos en el seno del propio partido. Entendían la democracia como un sistema limitado y controlado plenamente por la cúpula del partido, y rechazaban la monarquía. A esta falsa democracia, de corte fascista, la denominaban «democracia orgánica».
Frente a Falange se encontraba la Comunión Tradicionalista o Tradicionalismo Carlista. Reclamaban desde 1833 el trono para la línea sucesoria del hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro de Borbón, y se basaban en un lema muy sencillo: «Dios, patria y rey». Pretendían crear una monarquía ultracatólica basada en el respeto riguroso a la Ley de Dios y el absolutismo monárquico, coronando a quien consideraban legítimo sucesor al trono: Javier de Borbón-Parma.
Y, para complicar las cosas, surgió también una tercera vía: la restauración de la monarquía legítima borbónica en el príncipe Don Juan, heredero del trono tras la muerte de su padre Alfonso XIII en febrero de 1941. Don Juan exigía la corona para volver a un estado monárquico democrático en la línea del Reino Unido.
Franco debía tener muy claro que ninguna de las tres opciones era válida, por lo que decidió tomar el mando de forma personalista y dictatorial, pero utilizando a la Falange y a la Comunión Tradicionalista, y dejando fuera del juego al legitimismo borbónico, al menos de momento. Aconsejado por su cuñado Serrano Suñer, se sacó de la chistera en plena guerra civil, en abril de 1937, un Decreto de Unificación bajo el mando absoluto de él mismo. Así, la FE de las Jons y la Comunión Tradicionalista se unieron convirtiéndose en FET de las JONS, o sea, Falange Española Tradicionalista de las JONS. Franco añadió la «T» de la Comunión Tradicionalista, mezclando en un totum revolutum dos ideologías irreconciliables. En este decreto de unificación lo que sí quedó claro es que la organización del estado se basaría en la ideología falangista nacional-sindicalista, pero respetando y dando gran relevancia al catolicismo de los tradicionalistas carlistas. Por esta razón, la ideología oficial del régimen franquista se podría denominar Nacionalcatolicismo.
Para conseguir la unificación y ante la resistencia de algunos falangistas, a Franco no le tembló el pulso para eliminar sin piedad a los que se opusieron al decreto de unificación e incluso sentenció a pena de muerte a los más díscolos, controlando autoritariamente todo el aparato del Estado. En cuanto a los tradicionalista, prohibió la entrada en España de su máximo líder, el aspirante al trono Javier de Borbón-Parma, que tuvo que asumir su exilio en Francia.
A pesar de la férrea mano del Caudillo, Francico Franco, la rivalidad entre falangistas y tradicionalistas carlistas se mantuvo, llegando, en ocasiones a la violencia física. Eran irreconciliables. Estas disputas se incrementaron al declararse la Segunda Guerra Mundial por las muy distintas simpatías de unos y de otros. Los falangistas admiraban a los alemanes y ansiaban entrar en la Segunda Guerra Mundial junto a ellos. Por el contrario, los tradicionalistas carlistas mostraban su clara antipatía hacia Hitler. De hecho, el aspirante carlista al trono y cabeza de la Comunión Tradicionalista, Javier de Borbón-Parma, que, recordemos, vivía en Francia, se enfrentó al ejército de ocupación alemán formando un grupo armado de resistencia o «maquis». No tuvo suerte y terminó siendo hecho prisionero por los alemanes que lo encarcelaron en el campo de exterminio de Dachau, del que sobrevivió a duras penas.
En el contexto de una España bastante exhausta y presionado por los tradicionalistas, Franco tomó partido por ser neutral ante la Segunda Guerra Mundial, dando esquinazo a Hitler. Esto le supuso enfrentarse a los falangistas germanófilos que creyeron que se inclinaba a favor de los carlistas, encendiendo aún más la rivalidad. Llegados a este punto Franco, una vez más, actuó con rotundidad. Sustituyó a los más relevantes falangistas de los puestos importantes, incluido a su cuñado Serrano Suñer que fue progresivamente desposeído de sus cargos hasta desaparecer de la política en 1942. Y, respecto a los tradicionalistas, los ninguneó dejándoles fuera de grandes responsabilidades, para las que designó a militares y falangistas de probada fidelidad.
Pero en este conflicto y con la estrategia de nadar entre dos aguas, de otorgar una pequeña concesión para dar salida a la tensión, de dar a los falangistas un poco de lo que pedían, aunque fuera poco y para que se calmaran, se ideó la creación de la División Española de Voluntarios contra Rusia bajo la perfecta excusa de que España y Franco eran los más férreos enemigos del Comunismo y los bolcheviques. No en vano se difundieron carteles con la frase: «Franco, primer vencedor en el mundo del bolchevismo en los campos de batalla». España, por tanto, no intervendría en la guerra, pero mostraría su favoritismo por la Alemania de Hitler.
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El 23 de junio de 1941, un día después de comenzar la invasión de la Unión Soviética, se reunió en Madrid el Consejo de ministros para aprobar el envío de una División Española de Voluntarios a combatir bajo mando alemán en Rusia. Oficialmente no representaban a España, ni llevaban uniformes o insignias españolas, salvo una pequeña bandera de España en el casco y en una de las mangas de la guerrera. Para todos los efectos, eran, simplemente, voluntarios que formarían una división del ejército alemán. Pero que no quepa duda que no surgieron de una iniciativa personal, sino que fueron alentados y organizados por el estado español.
Una vez tomada la decisión, se trasladó a la FET de las JONS para su ejecución. Dado que en la cúpula de FET se encontraban los falangistas, toda la operación fue protagonizada por estos y consiguieron que la División llevara el nombre del color de su famosa camisa bordada con el yugo y las flechas, camisa que, como todos sabemos, era de color azul mahón. Por cierto, los tradicionalistas carlistas, como repulsa, decidieron recomendar a sus bases que no se alistaran, lo que llenó de razón y satisfacción a los falangistas
El 24 de junio, al día siguiente de ser aprobada por el Consejo de ministros que, por cierto, siempre aprobaba lo que proponía Franco, lo mismo que ocurrirá después con las Cortes franquistas, ese día, los periódicos y la radio lanzaron insistentes mensajes llenos de patriotismo y ardor guerrero llamando a la juventud española a participar en esta «magna» empresa bajo el lema «Rusia es culpable». Serrano Suñer lanzó una soflama tan enfervorecida desde el balcón DE FET de las JONS en la calle Alcalá, 44, que se formó una gran manifestación que acabó en la embajada británica, que fue apedreada sin piedad y sin que la policía española interviniese. Por cierto, luego se supo que las piedras, nada usuales en el centro de Madrid, fueron puestas a disposición de los manifestantes y llevadas hasta allí por una camioneta de Falange.
En una semana se realizó el alistamiento al que se presentaron decenas de miles de jóvenes entre veintidós y veintiocho años, muchos de ellos excombatientes de la Guerra Civil, seleccionando a un buen número, de los que 15.500 partirían en la primera expedición, quedando el resto para un relevo por bajas o por transcurrir un año en el frente.
¿Quiénes se alistaron? ¿hubo uniformidad en la motivación que llevó a más de 100.000 españoles a pedir ir a Rusia a luchar en una guerra que no era la suya? Esta es una pregunta que no se hace casi nadie y, sin embargo, nos parece transcendental para entender la España de aquel momento, julio de 1941.
En primer lugar, para dirigir a esos 15.500 hombres fueron designados 2.600 jefes, oficiales y suboficiales del Ejército español. Algunos suponemos que aceptaron de buen grado, pero hubo otros que, con toda seguridad, se vieron obligados, porque no podían, en las circunstancias del momento, negarse. ¿Qué porcentaje hubo de unos y otros? Ni idea. Nunca hubo datos al respecto.
Y, respecto a la tropa, las motivaciones para alistarse fueron varias:
Dado que el objetivo expuesto por las autoridades era vengarse de la Unión Soviética que, no olvidemos, había sostenido el esfuerzo bélico de la República durante la Guerra Civil gracias a las gestiones del Partido Comunista de España, una buena parte se alistó para dar una lección a aquellos «rojos, comunistas arrogantes». Entre estos se encontraban un buen número de falangistas que respondieron a la llamada y que, en su juventud, ansiaban vivir una aventura junto a sus admirados soldados alemanes. Además, para medrar y ascender en el nuevo régimen su participación como voluntarios les beneficiaría enormemente.
Muy cercanos a los anteriores, pero sin duda una minoría, estaban los que creían firmemente que había que combatir el comunismo internacional como si fuera un monstruo. Eran auténticos románticos, similares a los miles de extranjeros que combatieron en la Guerra Civil en filas republicanas encuadrados en las Brigadas Internacionales, similares, pero en sus antípodas. Junto a estos se encontraban también aquellos que odiaban al comunismo por circunstancias personales, especialmente por el asesinato de familiares o amigos cometidos por las milicias obreras socialistas, comunistas y anarquistas durante la Guerra Civil.
Pero también hubo otros que en la España de Franco habían quedado en entredicho por haber estado próximos a postulados republicanos, y vieron en la División Azul una forma de congraciarse y, en cierto modo, obtener el perdón e integrarse plenamente en el bando de los vencedores. «Ir a la División» se convirtió en una garantía de prestigio para las familias de los que fueron y, por supuesto, para los que llenos de arrogancia y chulería volvieron vivos. Aún recuerdo decir a mi madre alguna vez al cruzarnos con alguien: «Ese era un chulo porque fue divisionario, volvían de allí muy chulitos».
Y, por último, y probablemente los más numerosos, debemos tener en cuenta a los que se alistaron, literalmente, porque pasaban hambre. España se debatía en una hambruna que los que tenemos mi edad conocemos por las narraciones de nuestros padres, que sí la vivieron. Una hambruna terrible que azotó a España durante diez años, entre 1939 y 1949, en unos años que se conocen como «Los años del hambre».
Alistarse suponía una paga doble, ya que los divisionarios cobraban el sueldo pagado por la Wehrmacht y otro pagado por el Ejército español. Además, sus familias recibían 7,30 pesetas por día (el sueldo medio de un obrero manual era de, aproximadamente, 13 pesetas diarias) y, por último, a la familia del divisionario se le concedían cantidades extra de alimentos en la cartilla de racionamiento. Con estas perspectivas, no pocos acudieron a los banderines de enganche pensando, además, que se les prometía que, cuando volvieran, les reservarían puestos de trabajo en la Administración, o les facilitarían la apertura de negocios propios.
Era, sin duda, una oportunidad única que muchos no desaprovecharon. Yo mismo conocí a tres personas que estuvieron en la División Azul. Uno lo hizo para vengarse por el asesinato de su padre y, de paso, también para montar un negocio al volver; los otros dos lo hicieron, literalmente, por hambre y por encontrar un buen trabajo cuando regresaran.
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A mediados de julio de 1941 se encontraban en un campo de adiestramiento acelerado en Baviera y a mediados de agosto, ya constituidos como una división más de la Wehrmacht, la 250º división, partieron hacia el frente. La primera incidencia fue la carencia de medios de transporte en algunos tramos, por lo que tuvieron que hacer más de mil kilómetros a pie. La segunda ocurrió cuando fueron desviados de su destino original, el frente de Moscú, para ser trasladados al frente de Leningrado, más concretamente al sector de Nóvgorod y a lo largo de la línea que dibujaba el rio Vóljov desde su nacimiento, en el lago Ilmen, y su prolongación hacia el lago Ladoga. Por fin, llegaron a su destino el 10 de octubre y tan solo dos días después entraron en combate, participando activamente en las operaciones militares
Mucho se ha escrito de su comportamiento heroico, pero también caótico e indisciplinado. Hitler los llamaba andrajosos, pero reconocía su inmenso valor y coraje, incluso su desprecio por la muerte que fue refrendado en todas sus acciones de guerra, pero sobre todo en la batalla de Krasny Bor y en el trágico rescate del Lago Ilmen. En esta acción, la del lago Ilmen, 206 españoles partieron para enlazar y salvar a 550 alemanes que se encontraban aislados y rodeados por el enemigo. Llegaron hasta ellos tras caminar 30 kilómetros por la superficie congelada del lago Ilmen, sufriendo temperaturas cercanas a los 50º bajo cero. De aquellos 206 españoles, que culminaron con éxito su misión, tan solo regresaron 32, veinte de ellos heridos, y los 32 fueron condecorados con todos los honores por el mando alemán.
A lo largo de los más de dos años de conflicto bélico en los participaron en grandes operaciones militares, pero lo más significativo fue una guerra de guerrillas y golpes de mano en los que se desplegó una enorme violencia por ambos bandos, una lucha despiadada por ocupar y controlar un territorio en el que la piedad con el enemigo quedó prácticamente excluida por ambos contendientes.
Otra faceta no menos importante fue su interacción y comportamiento con la población rusa. No solo por las personas que estuvieron allí y me han legado su testimonio, sino también por las declaraciones de la población rusa que han llegado hasta nosotros, sabemos que la mayoría de los divisionarios (siempre hubo excepciones, pero pocas) fueron apreciados por la población rusa. Esto contrastaba con el comportamiento de los alemanes, despóticos y poco empáticos, por no decir crueles y desalmados. Uno de esos tres divisionarios que conocí me dijo: «Dale a un alemán un uniforme y una gorra de plato y se creerá con derecho a hacer lo que le dé la gana. Los españoles teníamos que pararles los pies constantemente». Esta misma persona, contaba que salvó a un adolescente de no más de catorce años de morir fusilado dejándolo escapar, a pesar de que, al hacerlo, se arriesgó a ser fusilado él mismo
La confraternización con la población fue constante, compartiendo incluso la comida y no pocos rusos y rusas que sobrevivieron se mostraron felices, años más tarde, cuando algunos de aquellos divisionarios (desgraciadamente muy pocos) o sus descendientes, volvieron allí a visitarlos, ya en tiempos de paz.
En octubre de 1943, tras ser enviados varios remplazos hasta completar la cifra de casi 45.000 españoles, Franco ordenó la retirada. La guerra se decantaba hacia los aliados y Alemania retrocedía en Rusia. Además, comenzó a hablarse en España del alto número de bajas que sufrían los españoles desde la batalla de Krasny Bor en febrero de 1943. El porcentaje de bajas españolas (muertos, heridos y prisioneros) en esta batalla, en la que frenaron a una fuerza cinco veces superior, estuvo cercano al 75%, lo que en términos militares se considera catastrófico. Ni merecía la pena, ni era indicado políticamente mantener esas tropas, por lo que Franco ordenó la retirada.
Sin embargo, 2.300 divisionarios no volvieron y decidieron quedarse. Fueron conocidos como la Legión Azul. Se integraron en otras unidades y se fueron dispersando hasta el final de la guerra. De algunos incluso se dice que estuvieron en la batalla de Berlín hasta el día que Hitler se quitó la vida.
El balance de bajas fue muy alto. Después de consultar diversas fuentes, sin que entre ellas haya un total acuerdo, podemos afirmar que enterrados entre el rio Vóljov y Leningrado quedaron, aproximadamente, los cadáveres de 4.900 españoles. El número de heridos en combate fue de 8.700; los mutilados ascendieron a 2.100; relevados por congelación, 1.600, y enfermos, 7.800. Total: 25.100. Además, los rusos hicieron 370 prisioneros, de los que 115 murieron en cautividad y el resto fue repatriado en 1954, once años después. A estas bajas debemos sumar aproximadamente un centenar de desertores, jóvenes que se alistaron en la División Azul con el interés puesto en pasarse al enemigo. La vida de estos desertores tras abandonar la División no fue fácil. Los rusos desconfiaron de ellos, temiendo que fueran espías, y la mayoría acabó en los campos de trabajo de Stalin. Tan solo unos pocos que pudieron ser avalados por los dirigentes del Partido Comunista de España en el exilio se salvaron de este destino.
Muchos de los que volvieron a España encontraron buenos trabajos. De los tres que yo conocí, uno ingresó como administrativo en la Organización Sindical, otro con el mismo puesto en un ayuntamiento, y al tercero le concedieron autorización para importar bebidas y montó un almacén de distribución. Solo uno de ellos dio muestras de cierto desequilibrio, el que fue a Rusia como venganza por el asesinato de su padre. A este hombre, cuando volvió, se le veía por Toledo con una pistola que no dudaba en exhibir cuando se encontraba contrariado sin que nadie se atreviese a ponerle freno, porque… ¡era un divisionario …! Afortunadamente, terminó deponiendo su actitud.
De cuando en cuando oímos hablar de la División Azul y siempre nos ha molestado que se les considere a los divisionarios como un grupo de furibundos fascistas que fueron a la Unión Soviética a matar rusos en la Segunda Guerra Mundial, sin entrar en reflexionar sobre qué motivos les llevaron a vivir aquella dura experiencia. De todo hubo, pero no nos gustan las generalizaciones, y preferimos recordar cuando hablamos de este episodio de la Historia de España a esos que fueron a Rusia por puro hambre, porque preferían arriesgar su vida para sacar a flote a su familia. Porque estos no fueron a Rusia para matar «rojos», sino para sobrevivir.
Y, respecto a su comportamiento, vamos a terminar con el testimonio de una mujer rusa que convivió con ellos, Lidia Osipova, que dejó escrito que la mayoría de estos españoles eran, en general, buena gente[ii]:
Los españoles reciben dos raciones. Una del ejército alemán, la otra de su gobierno y lo que les sobraba lo distribuían entre la población. El pueblo inmediatamente apreció la bondad de los españoles y se unió a ellos de una manera que nunca podría ser posible con los alemanes. Especialmente los niños. Si un alemán viaja en un carro, nunca verás a un niño en él. Si lo conduce un español, no se le verá, oculto como está por los niños que van con él. Todos estos, «José» o «Pepe», van por las calles con niños colgando.
Los alemanes son tranquilos y calmados. Los españoles ruidosos e inquietos como cachorros. Los alemanes obedecen todas las ordenes, sean las que sean. Los españoles se esfuerzan siempre en desobedecer una orden, sea la que sea. Los alemanes tienen prohibido ofender a los españoles, a los que se considera como «invitados». Exteriormente los tratan con amabilidad, aunque los odien. Los españoles, en cambio, «masacran» a los alemanes todos los sábados después de recibir su ración de vino (…) Los españoles se desplazan 35 kilómetros desde Pavlovsk para adquirir comestibles. Todo el mundo se entera de qué es lo que traen para la semana. Si son limones, entonces habrá limones para todos en todo sitio imaginable. Si son manzanas, lo mismo.
Los alemanes son valientes en la medida que el Führer les ordena que sean valientes. Los españoles no tienen absolutamente ningún sentido de la autoconservación. Elimina a la mitad de una unidad y la mitad restante partirá al combate cantando. Esto lo he visto con mis propios ojos. Los alemanes, a pesar de su sentimentalismo, son muy groseros con las mujeres. Les gusta organizar una apariencia de vida familiar, pero en esencia, son groseros y egoístas con ellas…A un alemán no le cuesta nada pegar a una mujer. Los españoles: pasión, atrevimiento y respeto genuino por una mujer. Pueden apuñalar a su novia simplemente por celos, pero nunca la levantarán la mano.
Durante un bombardeo un capitán español arriesgó su vida para salvar a un huérfano de guerra que había quedado al descubierto: «…el comportamiento del capitán aparentemente se considera (entre los españoles) como completamente normal. ¿Cómo no va a amar la población a estos locos?».
Con el recuerdo a mi tío, Ángel Orgaz Camino, ese anciano encorvado que mis hijos recuerdan porque siempre les daba un euro para comprar chucherías cuando se encontraba con ellos en la calle. El mismo que, con poco más de veinte años, marchó a Rusia porque su madre y sus hermanos pasaban hambre. El que volvió condecorado con una cruz de hierro, y salvó a un adolescente ruso de morir fusilado.
Luis Orgaz Fernández
María Felicitas Valero Moreno
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