ELECCIONES DE 1936, LAS CHAQUETERAS DE TOLEDO

Fotografía nº 1
Detalle fotografía nº 1
Fotografía nº 2
Detalle fotografía nº 2

Las elecciones de febrero de 1936 fueron una prueba para los españoles y algunos y algunas mostraron ser bastante chaqueteros.

En la primera fotografía se observa un acto convocado en febrero de 1936 por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) en el teatro de Rojas de Toledo. En la segunda el acto está convocado con unos días de diferencia, pero en el mismo lugar, por el Frente Popular de izquierdas. Las fotos están tomadas por la empresa de fotografía «Casa Rodríguez»[i].

Hemos destacado la presencia en ambos actos, tan opuestos políticamente y mucho más en el tenso ambiente de aquel momento, de dos mujeres que muestran su simpatía e incluso su entusiasmo. Parece que son capaces de «llevar ambas chaquetas», por lo que las hemos llamado «las chaqueteras».

En el preludio de la Guerra Civil, apenas siete meses antes de que se iniciara, España se llenó de actos electorales multitudinarios. El motivo era la radicalización política que se observaba cuando el 7 de enero de 1936 se convocaron elecciones generales al Congreso de los Diputados de la II República. Debían celebrarse el 16 de febrero de 1936.

El ambiente era extraordinariamente tenso. El Gobierno anterior, elegido en 1933, estuvo formado por un partido republicano de centro, el Partido Radical Republicano (PRR) de Alejandro Lerroux. Pero, en realidad, la ganadora de las elecciones había sido la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) con 115 diputados, frente a los 102 del PRR.

Sin embargo, el presidente de la República, Alcalá Zamora, se negó a dar el poder de formar gobierno a una formación que se negaba a declarar su lealtad a la República. La CEDA, en su deriva hacia el totalitarismo de sus vecinas Alemania e Italia, abogaba por dar un drástico golpe de timón a la política renovadora y reformista de la Segunda República.  Quería volver a conceder un puesto preferente a la Iglesia; abolir la reforma agraria y una gran parte de las reformas sociales emprendidas, y amnistiar a los implicados en el golpe de estado involucionista de 1932.

La CEDA comenzaba a imitar a alemanes e italianos hasta el punto de crear para su líder, Gil Robles, el apelativo de «El Jefe», a semejanza de los apelativos «Führer» o «Duce» que se daban a Hitler y Mussolini. En los carteles de la primera fotografía se puede apreciar claramente.

El PRR gobernó con ministros de la propia formación y otros partidos afines hasta octubre de 1934, momento en el que las presiones hicieron que se viese obligado a dar entrada en el gabinete a tres ministros de la CEDA.

La entrada de estos tres ministros provocó una inmediata reacción y se convocó para el 5 de octubre de 1934 una huelga general por las principales fuerzas políticas de izquierda: Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT), el Partido Comunista (PCE) y los anarquistas de la Confederación Nacional de Trabajadores – Federación Anarquista Ibérica (CNT-FAI).

Esta huelga desembocó en la Revolución de Octubre o Revolución de Asturias porque, aunque fue convocada en toda España, solamente se llegó a desarrollar plenamente en esta región, donde alcanzó la dimensión de una huelga revolucionaria de extrema violencia.

Asturias se convirtió en un frente de batalla. Se combatió con tal dureza que la República tuvo que hacer intervenir a sus tropas de élite, la Legión y las tropas de Regulares de África (nativos marroquíes). La represión fue muy dura, una represión en la que destacó el general Francisco Franco, en aquel momento de plena confianza para la República. El 18 de octubre ya estaba sometidos los revolucionarios, pero a costa de entre 1.500 y 2.000 muertos (no se ponen de acuerdo los historiadores a este respecto) y una larga lista de violaciones, torturas y asesinatos por ambos bandos.

La Iglesia siempre recordará a los 34 religiosos pasados por las armas por los rebeldes, y los partidos de izquierdas a los legionarios que se paseaban luciendo en sus cuellos a modo de collar las orejas cortadas a los ejecutados. Incluso varios legionarios y regulares fueron fusilados por orden de su propio mando para acabar con estos episodios de barbarie. El número de detenidos y encarcelados pasó de treinta mil.

El Gobierno logró aplastar la revuelta que, para algunos historiadores, marca el comienzo de la Guerra Civil, adelantándola a la fecha habitual de inicio de 1936. Lo cierto es que ya nada volvió a ser igual. La tensión aumentó aun más de lo que estaba y tanto los partidos de derechas, especialmente los más radicales, como Falange Española de José Antonio Primo de Rivera, y los anarquistas y comunistas, comenzaron a prepararse sin disimulos para una contienda que se adivinaba inevitable. La violencia se trasladó a las calles.

Para que nos podamos hacer una idea, recurramos a Eduardo González Calleja que ha realizado un concienzudo estudio de la violencia política en España entre febrero y julio de 1936. En estos cinco meses se produjeron 236 incidentes con resultado de muerte, siendo asesinadas 351 personas. Esto nos da una media de 2,34 crímenes al día. En cuanto al origen de los asesinatos, 149 fueron planificados; 91 se debieron a choques fortuitos entre grupos de ideología opuesta, y 111 en enfrentamientos con la fuerza pública.  En cuanto a la adscripción política de las víctimas, 147 eran de izquierdas; 102 de derechas; 4 de centro, y 98 de adscripción desconocida[ii].

Tras la Revolución de Octubre el Gobierno se sostuvo apenas un año más. En diciembre de 1935, Gil Robles decidió retirar su apoyo al PRR, sumido en escándalos de corrupción, y el presidente de la República se vio obligado a disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones.

Así se llegó al año 1936. Las derechas se las prometían felices con «su jefe», pero las izquierdas decidieron presentarse más unidas que nunca, rentabilizando así al máximo sus votos. Crearon el Frente Popular de izquierdas que terminará ganando las elecciones. La suerte estaba echada y las derechas, perdedoras y nunca conformes con su derrota prepararon un golpe de estado que, como todos sabemos, desembocó en una guerra civil en julio de 1936.

La contienda se preparó por ambas partes, porque tanto las izquierdas como las derechas se prepararon para agredir a su contrario. Los líderes de ambos extremos se desafiaron y mostraron su intención de agredir al contrario si no lograban sus objetivos. Como muestra de ello, veamos a continuación lo que decían en sus mítines dos personajes completamente contrapuestos: Francisco Largo Caballero, del PSOE y José Antonio Primo de Rivera, de Falange Española:

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Las dos fotos que encabezan este artículo nos indican dos acontecimientos con una diferencia de pocos días. Ambos son similares en su contenido, mítines políticos, pero muy distintos por su ideología. En la primera podemos ver el lleno absoluto del teatro de Rojas, el teatro por antonomasia de Toledo, para aclamar al «Jefe», a José María Gil Robles.  En la segunda, por el contrario, el lleno absoluto tiene por objeto escuchar y también aclamar a los líderes del Frente Popular, presididos en esta ocasión por el socialista Francisco Largo Caballero.

Son acontecimientos multitudinarios y llenos de una pasión que nos indica la elevada motivación política que se vivía. Y una muestra de esa motivación son los rostros y actitud de dos mujeres a las que hemos encontrado y señalado porque, curiosamente, se encuentran en los dos mítines y, por sus sonrisas, muy contentas y convencidas de estar allí.

En el mitin del Frente Popular se levantan los puños, símbolo de la lucha obrera, se observan más mujeres y los presentes van vestidos con menos elegancia. En el acto de la CEDA hay menos mujeres, pero más elegantes, y el número de hombres con corbata es mayor. En este último, además, llama la atención la sensación de orden del que cuidan unos jóvenes en el pasillo central, muy serios e impasibles.

Pero lo que más nos llama la atención son estas dos simpáticas mujeres que, al estar sentadas prácticamente en el mismo sitio, nos hace pensar que llegaban de las primeras. Sus sonrisas transmiten entusiasmo y su puño en alto en el mitin del Frente Popular nos señala que comunican y se integran perfectamente en el ambiente.

Eran las segundas elecciones en las que ellas podían votar (las primeras fueron las de 1933) e incluso podían votar a otras mujeres. En estas de 1936 se presentaron once sobre un total de mil ciento quince candidatos.  Obtuvieron escaño: Julia Álvarez Resano (PSOE), Victoria Kent Siano (Izquierda Republicana), Margarita Nelken Mansberger (PSOE), Dolores Ibárruri Gómez (PCE), Matilde de la Torre Gutiérrez (PSOE).

Y se quedaron sin escaño: Victorina Vela (Izquierda Republicana), María Mayol Colom (independiente), Francisca Bohigas (independiente), María Antonia Muino (Republicana independiente), María Rosa Urraca Pastor (Comunión Tradicionalista), Julia Becerra Malvá (Partido Republicano Conservador).

En cualquier caso, nuestra simpatía hacia estas dos risueñas mujeres que supieron estar y participar, más que la mayoría, en la política de la Segunda República española. Lo que nunca sabremos es a qué partido votaron finalmente…

Imagen de Luis Orgaz Fernández

Luis Orgaz Fernández

20/05/2025

REFERENCIAS

[i] Carrero de Dios, Manuel; Cerro Malagón, Rafael del; Garrido Gutiérrez, Saturnino y otros. Imágenes de un siglo. Fotografías de la Casa Rodríguez. Toledo 1884-1984. Ed. Servicio de Publicaciones, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1987.

[ii] González Calleja, Eduardo. La necro-lógica de la violencia sociopolítica en la primavera de 1936. Mélanges de la Casa de Velázquez, Nº 41, 1, 2011, págs. 37-60. https://doi.org/10.4000/mcv.3825

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