CAMBIO DE DINASTÍA, DE LOS AUSTRIAS A LOS BORBONES
El cambio de dinastía, de los Austrias a los Borbones, tuvo lugar a la muerte de Carlos II en 1700. La dinastía de los Habsburgo o Austrias españoles no se compone de demasiados reyes, tan solo seis monarcas. Esta dinastía es el paradigma del poder y de la arrogancia, pero como todo en esta vida terminó desapareciendo y su último rey, Carlos II, sufrió desde su nacimiento el anuncio de la muerte de su dinastía, el final de los orgullosos Austrias.
El Dr. Gregorio Marañón en su obra sobre el Conde Duque de Olivares describe con certero laconismo la dinastía de los Habsburgo españoles o «Austrias» olvidando al primero de ellos y esposo de Juana I de Castilla, Felipe I «el Hermoso». De los otros cinco, dice:
Carlos I inspira entusiasmo, Felipe II respeto, Felipe III indiferencia, Felipe IV simpatía y Carlos II lástima.
La triste figura de Carlos II, último rey de la dinastía austriaca y paradigma de la decadencia y de la degeneración, se ha llegado a convertir en un mito durante siglos. Un mito que se reforzó tras la fachada del apodo que injustamente ha lucido este rey, «el Hechizado». Su mitificación negativa, su figura escasamente atractiva y la decadente deriva de un imperio ha provocado que se le dé la espalda y apenas se le dediquen en las páginas de la Historia algunas notas, habitualmente indiferentes y nunca positivas.
Carlos II ha sido maltratado por la Historia. Es evidente que no fue un buen rey, porque ni tenía aptitudes para reinar ni fue educado para ello, pero lo que nunca se le podrá reprochar es falta de integridad moral y dignidad, virtudes de las que adolecieron reyes posteriores, como Carlos IV o Fernando VII. Se le denomina «el Hechizado» por unos hechos que solamente supusieron una fracción de su reinado y que vinieron provocados por la ignorancia y el fanatismo del Inquisidor General y el confesor del rey, hechos vergonzosos que Carlos II no podía evitar por su habitual «dejar hacer» a los que le rodeaban y por encontrarse ya gravemente enfermo y en los últimos años de su vida. Y, por último, su reinado se contextualiza en la agudización del declive del imperio de los Austrias o Habsburgo españoles y el auge de Francia, Inglaterra y Holanda. Esta situación ya venía de atrás, desde que se firmaron la Paz de Westfalia en 1648 y la de los Pirineos en 1659 por su antecesor y padre Felipe IV. Y, sin embargo, se olvida reiteradamente que durante su reinado se logró a duras penas mantener a raya a sus poderosos vecinos y rivales con pocas pérdidas y, lo que es más importante, saneando la Hacienda Real gracias a buenos ministros y consejeros.
Este rey ha sido retratado desde sus supuestas anormalidades. Es cierto que las taras y problemas físicos que sufrió a lo largo de su vida le limitaron y marcaron, pero no es menos cierto que sus sucesores Borbones, Felipe V y Fernando VI, sufrieron problemas psíquicos muy graves a los que la Historia parece no querer dar demasiada relevancia. Los desórdenes mentales o conductuales que se observaban en estos reyes e incluso en otros miembros de la corte, como Luisa Isabel de Orleans, esposa del efímero rey Luis I, no han trascendido tanto como las dolencias y carencias de Carlos II.
GENEALOGÍA DE CARLOS II
Aquí se aprecian la endogamia de las dos ramas de los Habsburgo: la española, iniciada con Carlos I, y la centro- europea, continuada por su hermano Fernando I.
En el árbol genealógico se puede comprobar el alto grado de parentesco que se repitió a lo largo de dos siglos en esta gran familia y que confluyó de forma tan perniciosa en el rey Carlos II. No creo que fueran conscientes del riesgo que corrían manteniendo tan peligrosa endogamia. Estos matrimonios entre primos, tíos y sobrinas no eran bien vistos por el Papa, máxima autoridad moral, que hacía la vista gorda y concedía las necesarias dispensas por dos razones: no molestar a tan poderosos aliados y recibir prebendas a cambio. Esta era la tónica general en las principales casas europeas reinantes, y se observa idéntica endogamia en la poderosa Francia de Luis XIV.
Carlos II fue el último eslabón de una cadena de uniones matrimoniales entre familiares, fruto de las alianzas estratégicas, pero también de la soberbia y del deseo de exclusivismo político y social. El club de los Habsburgo (Austrias) en sus dos ramas, la centroeuropea y la española, constituía un bloque monolítico que difícilmente y solo esporádicamente se rompía con algún enlace externo.
Álvarez, Ceballos y Quinteiro[i], del Departamento de Genética de la Universidad de Santiago de Compostela, han realizado un minucioso estudio en el que prueban y confirman de forma científica y concluyente algo que ya sabíamos, que la endogamia fue la responsable del final de la dinastía de los Austrias. En este estudio genético los autores se han remontado dieciséis generaciones desde Carlos II e incluido a tres mil personajes, encontrando un coeficiente de consanguineidad elevadísimo. Este coeficiente señala la proporción de genes idénticos que se reciben del padre y de la madre y, en un breve resumen, indicaré que en Felipe «el Hermoso» era de 2,5, se elevó hasta 21 en Felipe III, descendió a 11,5 en Felipe IV y alcanzó un 25,4 en Carlos II.
Jaime Cerdá ratifica estos aspectos indicando que «en el tronco familiar de Carlos II figuran repetidos los nombres de Felipe el Hermoso y Juana la Loca ocho veces; los de Fernando I y Ana de Bohemia, nueve; Carlos V e Isabel de Portugal, cuatro. Felipe III y Margarita de Austria son, a la vez, abuelos y bisabuelos de Carlos II. Su padre estaba casado con una hija de su hermana, por lo que, a la vez, era tío segundo de su propio hijo y su madre resulta ser prima de su hijo» [ii].
Este coeficiente de consanguineidad es directamente proporcional al riesgo de mortalidad infantil y explica, según los autores antes citados, que esta dinastía sufriera la muerte de tantos niños recién nacidos o en los primeros meses de vida, algo realmente extraño en una familia que, sin duda, gozaba de los mejores medios sanitarios de su época. Puedo mencionar al respecto que Felipe IV en su primer matrimonio concibió diez hijos de los que dos concluyeron en aborto, cinco fallecieron antes de cumplir un año, uno murió antes de los cuatro y solamente dos superaron la infancia, muriendo uno de ellos con dieciséis años[iii]. En cuanto a su segundo matrimonio, con cinco hijos, uno murió antes de cumplir un año de edad, dos lo hicieron antes de los cuatro y solamente dos llegaron a la edad adulta: la infanta Margarita Teresa, la protagonista de las Meninas de Velázquez y el heredero, Carlos II.
Felipe IV, bien retratado en la película El rey pasmado, fue un ejemplo de promiscuidad dado que, al margen de sus matrimonios, concibió entre veinte y cuarenta hijos (no está nada clara la cifra ni se ponen de acuerdo sus biógrafos, algunos hablan de hasta sesenta hijos). Varios de estos bastardos son conocidos e incluso fueron reconocidos como hijos de su majestad, como el influyente Juan José de Austria, al que más adelante nos referiremos. Lo que puede resultar interesante es comprobar como estos hijos del rey, concebidos sin estar afectados por la endogamia, llegaron a la edad adulta sin taras aparentes. Esta vida disoluta y despreocupada de Felipe IV fue criticada por autores como Quevedo que escribió estas líneas a un amigo en 1629 refiriéndose al rey y a su valido el conde duque de Olivares[iv]:
«El conde, sigue condeando y el rey durmiendo, que es su condición. Hay, parece, nuevas odaliscas en el serrallo y esto entretiene mucho a Su Majestad y alarga la condición de Olivares para pelar la bolsa, en tanto que su amo pela la pava».
Por otra parte, las mutaciones genéticas recesivas que deben heredarse de ambos progenitores, estarían en la base y serían la explicación de algunas de las taras que mostraba Carlos II[v], especialmente el raquitismo y los problemas renales, sin descartar las disfunciones sexuales.
Respecto a los múltiples problemas de salud que presentó Carlos II, debo mencionar el concienzudo estudio realizado por Manuel Carpio González[vi]. No voy a ser demasiado exhaustivo y resumiré las conclusiones a las que llega este autor que son verdaderamente extensas. Lo cierto es que Carlos II sufrió numerosas dolencias y falleció el uno de noviembre de 1700 con tan solo 39 años de edad, pero con el aspecto de un anciano.
Carpio González no da suficiente credibilidad a las extendidas teorías que asignan al rey un cariotipo 47/XXY o Síndrome de Klinefelter (eunocoide con ginecomastia y testículos pequeños, elevada estatura, infertilidad, retraso leve y comportamiento inmaduro). Otra posibilidad que propone Percy Zapata es que padeciera el Síndrome de X Frágil[vii], que encaja relativamente con las descripciones que nos han llegado de las características físicas, intelectuales y de personalidad de Carlos II. Pero lo cierto es que con tanta distancia y basándonos solamente en los relatos que nos ha dejado la historiografía no disponemos de suficientes datos y testimonios que demuestran con absoluta verosimilitud estas hipótesis. Por ello nos vamos a limitar a mostrar las características y múltiples problemas que el rey presentó a lo largo de su vida y las enfermedades que sufrió, en gran medida y de forma indiscutible, por la endogamia familiar.
Carlos II nació en 1661 y en sus primeros días de vida el joven heredero padeció una erupción herpética con la cabeza llena de costras y ganglios supurantes. Más adelante presentó retraso óseo, raquitismo y una cabeza desproporcionadamente grande por hidrocefalia. A este cuadro contribuyó sin duda la sobreprotección a la que se le sometió, con largas estancias en el interior de palacio y la consiguiente carencia de vitamina D que proporciona la luz solar, así como la alimentación por amas de cría hasta los cuatro años. Carlos conseguía a duras penas mantenerse derecho y no anduvo hasta la edad de seis años. Estos problemas provocaron que durante su infancia asistiera a los actos oficiales entre almohadones, para evitar que se desplomara.
El pueblo, ácido y cruel con los poderosos, era consciente de estos problemas y por Madrid corría una coplilla que decía[viii]:
El príncipe al parecer
por endeble y patiblando
es hijo de contrabando
pues no se puede tener
En cuanto a su educación, el príncipe Carlos apenas aprendió a leer y escribir y contaba con una formación cultural muy deficitaria. Su hermanastro, Juan José de Austria, hijo legitimado de Felipe IV con la célebre actriz «la Calderona», era consciente de sus limitaciones y se esforzó en ayudarle en la comprensión e incluso redacción de cartas y oficios durante los años que se mantuvo cerca del rey. Juan José de Austria era treinta y dos años mayor que Carlos por lo que más que un hermano mayor representó para Carlos el papel del padre que no llegó prácticamente a conocer.
Juan José de Austria siempre mostró buenas aptitudes para aprender, una expresión oral y escrita muy fluida y buenas condiciones para el manejo de las armas y el caballo. Se convirtió en el alter ego de Carlos II que le admiraba y en quien confiaba. Se formó en los duros conflictos de Nápoles, Sicilia, Cataluña, Portugal y Países Bajos desde la temprana edad de diecisiete años y, cuando nació Carlos II, disponía de una gran experiencia política, diplomática y militar que puso al servicio de su hermanastro cuando fue erigido al trono en 1665 a la tempana edad de cuatro años. Sin embargo, Juan José de Austria era visto con desconfianza y desagrado por la reina madre, Mariana de Austria, que actuaba como regente. Mariana de Austria, aconsejada por su favorito, el jesuita Juan Everardo Nithard, le apartó de la corte lo que supuso una sucesión de enfrentamientos que culminaron con el triunfo de Juan José de Austria en 1677 y su regreso como valido del rey, al tiempo que la regente se retiraba al Alcázar de Toledo. Sin embargo, le duró poco, ya que falleció dos años después, probablemente envenenado. Henry Kamen[ix] le ha considerado como un hombre inteligente y capaz y, sobre todo, deshecha la idea de que quisiera suplantar al rey, sino que lo que pretendía era hacer de Carlos II un buen monarca.
Juan Carreño de Miranda (1614-1685)
A lo largo de su reinado se sucedieron varios hombres de confianza que ejercieron el valimiento del rey tras la muerte de Juan José de Austria. Podemos destacar a Fernando de Valenzuela, Juan Francisco de la Cerda y Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, cuya gestión fue en términos generales positiva especialmente a nivel económico, lo que nos permite evaluar el reinado de Carlos II como menos nefasto de lo que habitualmente se refiere e incluso como positivo al evitar las habituales bancarrotas de sus antepasados y sanear la Real Hacienda[x], algo de lo que se supo aprovechar su sucesor Felipe V. Debo también destacar la buena gestión que se hizo de la armada, que permitió mantener con respeto la presencia naval de la Monarquía Hispánica en todos los mares. El esfuerzo en este sentido no solo fue estratégico sino también científico y educativo. Con Carlos II se fundó en 1681 en Sevilla el Real Colegio de San Telmo, con la intención de formar técnicamente en el oficio de marino a muchachos huérfanos. Por otra parte, se facilitaron a ingenieros navales como Antonio de Gaztañeta y Francisco Antonio Garrote todos los medios para que llevaran a cabo notables innovaciones en el diseño de los barcos de guerra, innovaciones que fueron copiadas por ingleses y holandeses.
Carlos II no era un deficiente psíquico profundo, era consciente de sus limitaciones intelectuales, culturales y motoras. Esto sin duda influyó en su carácter sencillo, infantil, irresoluto, carente de confianza en sí mismo y, probablemente, bondadoso, indulgente y religioso. Con estas características no es difícil entender que siempre buscara el apoyo de las personas que le rodeaban y le transmitían confianza, como el antes mencionado Juan José de Austria, o las mujeres de la Corte: madre, hermana y esposas. Una de sus virtudes fue que pronto aprendió a estar callado, escudándose tras el hieratismo de la majestad real que le amparaba y le ayudaba a evitar errores. No obstante, tenía carácter y lo demostró en algunas ocasiones, como cuando se impuso a su segunda esposa, Mariana de Neoburgo, que se empeñaba en regalar las mejores obras pictóricas de la casa real a su hermano Juan Guillermo del Palatinado[xi], coleccionista de arte. Esta acción nos permite actualmente contemplar muchas de las grandes obras maestras del Museo Nacional del Prado.
En 1681, a la edad de veinte años, el nuncio del Papa, Millini, nos dejó una descripción del joven rey:
«El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo y como encorvado hacia arriba; el labio inferior típico de los Austrias; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él, lo que se desee, pues carece de voluntad propia».
Con todo lo expuesto hasta ahora, y lo que añadiremos a continuación, no es extraño que, como indicábamos anteriormente, Gregorio Marañón afirme que Carlos II fue el rey que «daba lástima».
Volvemos al estudio de Carpio González para mostrar como la endeble salud infantil del rey siguió resintiéndose a lo largo de toda su vida. Las infecciones bronquiales y gastrointestinales le acompañaron siempre, especialmente estas últimas, agravadas por su desmedida afición al chocolate, su apetito voraz y la insuficiente masticación de los alimentos por una seña de identidad de todos los Austrias, el prognatismo de su mandíbula[xii]. Sufrió de viruela que a punto estuvo de matarlo, episodios repetidos de fiebre, edemas y, consiguientemente, terapias de la época que suponían en muchas ocasiones una auténtica lotería entre la vida y la muerte.
Respecto a su sexualidad podemos recurrir a las cartas que su primera esposa, María Luisa de Orleans, dirigió a su tío el rey de Francia Luis XIV. En estas misivas, importantes por la transcendencia de tener un hijo en común que pudiera relacionar a ambas monarquías, se deja entrever que el rey tenía erecciones con dificultad, es decir, que sufría habitualmente disfunción eréctil, pero que en ocasiones lograba eyacular. El problema era que lo hacía demasiado pronto, padecía también eyaculación precoz, por lo que desde un principio quedó evidenciada la dificultad para que pudieran concebir un hijo, a pesar de las muchas rogativas y ceremonias religiosas que se celebraron para propiciarlo. El escaso éxito ante la tardanza en lograr un embarazo propició que en la Corte se escuchaban unos versos que recordaban a la reina su obligación de dar un heredero a la Corona, y si no lo conseguía el riesgo que corría de ser repudiada, enviándola de nuevo a su lugar de procedencia:
Parid bella flor de lis
que en aflicción tan extraña
si parís, parís a España
si no parís, a París
La reina María Luisa falleció para gran desconsuelo del rey en 1689 por una peritonitis, tras diez años de infructuoso matrimonio. Rápidamente se buscó una nueva esposa y en este caso se eligió a una princesa alemana, Mariana de Neoburgo, teniendo en cuanta para la elección no solo las estrategias políticas, sino que su madre había dado a luz nada menos a que a veintitrés hijos, toda una garantía de fertilidad.
Sin embargo, el tema sexual no se acabó de enderezar y la astuta y bien aleccionada alemana no dudó en fingir once embarazos para que no decayera su prestigio, al tiempo que dedicaba muchos esfuerzos a intrigar en la corte para que el rey, ante la falta de hijos, designara como heredero a su sobrino el archiduque Carlos de Austria.
Todo este cúmulo de acontecimientos llevó a la corte española a uno de los hechos más disparatados, absurdos y vergonzosos que nos muestran el contexto de una época. En 1698, a la vista de la falta de herederos y la endeble salud de Carlos II, el Inquisidor General y el confesor del rey decidieron darle a la situación una nueva perspectiva y concluyeron que el origen de los problemas del rey era un hechizo.
Atribuir a un hechizo la infertilidad no era extraño a finales del siglo XVIII. Cuando repasamos las actas de la Inquisición no encontramos el delito de brujería, desechado por el Santo Oficio a partir de las instrucciones del Inquisidor General Alonso de Salazar en 1614, pero sí hay bastantes referencias a la hechicería o prácticas mágicas. El delito de brujería implicaba la presencia real del diablo, el deseo de causar mal y toda una serie de hechos absolutamente irracionales, como volar, metamorfosearse o encontrarse en dos lugares a la vez, hechos que Alonso de Salazar consideró absurdos e irrealizables y que, por tanto, no debían ser perseguidos por los tribunales inquisitoriales. Esto explica que el número de personas (sobre todo mujeres) juzgadas y condenadas a muerte por brujería en España no sobrepase el número de trescientas, por más de cuarenta mil que sufrieron la muerte por esta causa en Europa[xiii].
La hechicería, por su parte, es una práctica mágica que utiliza diferentes rituales como conjuros, hechizos, pócimas, exorcismos, naipes, astrología, adivinación mediante la «suerte de habas» (consistente en recitar una oración en voz alta con dos habas metidas en la boca), etc. En consecuencia y dado que son prácticas contrarias a la fe católica al dar crédito y confiar en fuerzas sobrenaturales que nada tienen que ver con la divinidad, a la que excluyen, las hechiceras podían y debían ser investigadas, perseguidas y condenadas por el Santo Oficio. Habitualmente las condenas consistían en azotes, cárcel o destierro, pero nunca a la hoguera salvo que coexistiera esta práctica con otros delitos de mayor gravedad para la Inquisición[xiv].
Una de las razones por las que eran requeridas las hechiceras en la supersticiosa sociedad española de aquel tiempo, era para eliminar embrujos que provocaban problemas, como la imposibilidad de concebir hijos. Esto se hacía con relativa frecuencia, como demuestra que solamente el tribunal de la Inquisición de Toledo llevó a cabo en los siglos XVI, XVII y XVIII trescientos cuarenta y seis procedimientos por hechicería, tal y como nos muestra el estudio de Mª Luz Cuevas[xv].
En este contexto, el Inquisidor General y el confesor del rey, como antes indicábamos, solicitaron los servicios de un reconocido exorcista de origen asturiano, fray Antonio Álvarez de Argüelles, y lo que siguió forma parte de la historia esperpéntica de España y resulta vergonzoso imaginarlo. Argüelles, muy motivado ante un encargo de semejante altura, puso toda la carne en el asador y no dudó en construir un escenario paranormal en el que decía hablar con el mismísimo diablo. En las conversaciones, bastante cordiales, por cierto, el diablo afirmaba que el rey quedó hechizado a los catorce años tras tomar un bebedizo que le había administrado su propia madre, Mariana de Austria, a la que señalaba como causante de todas las desgracias del rey. Por otra parte, recomendaba que tomara para deshacer el hechizo un cuartillo de santo óleos en ayunas y potentes vomitivos que, a Dios gracias, no se le administraron porque a ojos de los médicos hubieran acabado con su ya frágil vida.
Hubo una segunda sesión de exorcismos ante el estupor de las cortes europeas, pero a la que no voy a dedicar más tiempo, salvo para indicar que la conclusión a la que llegaban los frailes que dirigían los ritos implicaba y culpaba a la propia reina Mariana de Neoburgo, lo que llevó a que finalizaran estas estúpidas prácticas y se encerrara en sendos monasterios a los que habían participado en tales esperpentos. No obstante, tuvieron tanta relevancia estos intentos de sanar al rey por la vía religiosa que Carlos II será conocido en la Historia como «el Hechizado».
En 1699 la salud del rey se agravó, víctima de la malaria. El empeoramiento fue acelerándose, con frecuentes vómitos, diarreas, fiebres y, finalmente, la incapacidad de tomar alimentos y medicinas. El 27 de octubre de 1700 se le administró la extremaunción y el uno de noviembre y tras decirle a la reina «me duele todo», fallecía el último de los Austrias y, probablemente, el monarca más inocente y más desventurado de la Historia de España. La autopsia de sus restos es muy conocida y ha sido muchas veces expuesta. Yo me voy a permitir copiar a continuación la descripción que hace Carpio González y que resulta muy explicativa:
El corazón no era más grande que un huevo de paloma y estaba blando como la tiza de mala calidad; los pulmones y el hígado se hallaban poco desarrollados y el último contenía una piedra de color café, tan grande como una judía. La única víscera que se hallaba sana era el bazo. La cabeza estaba llena de agua. De los dos testículos solamente apareció uno y era negro como el carbón. En el cuerpo no se halló más de una onza de sangre y en cuanto a la apariencia del cadáver era la misma como si llevase un año entero en la tumba.
Con demasiada dureza se ha tratado a Carlos II, Demasiada dureza cuando en las clases de Historia se le describe como un deficiente al que «se le caía la baba…», o como cuando algunos autores lo tratan tan cruelmente como para afirmar:
Carlos I fue un hombre, un rey y un guerrero, Felipe II fue un hombre y un rey, Felipe III y Felipe IV solo fueron hombres y Carlos II ni siquiera fue un hombre[xvi].
Me resisto a ser tan duro y juzgar con tanta crueldad a Carlos II, le considero un eterno adolescente sin carácter, carente de autoestima, sencillo, introvertido y bondadoso. Escasamente inteligente, los datos que nos ofrecen sus biógrafos me hacen pensar en que su capacidad intelectual se situaría en el límite de la normalidad, pero sin llegar al retraso mental. Físicamente afectado por tantas carencias, defectos y dolencias que resulta casi milagroso que llegara a la edad de treinta y nueve años. Un hombre que no merece críticas crueles sino, como decía Marañón, lástima, y que a mí me despierta sentimientos de ternura.
Este artículo está extraído de mi obra «Los primero Borbones en la España de 1700. Entre locos y cuerdos».
Luis Orgaz Fernández
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