BUÑUEL, GARCÍA LORCA, DALÍ, ALBERTI …LA GAMBERRA ORDEN DE TOLEDO
Luis Buñuel, Federico García Lorca, Salvador Dalí, María Teresa León, Rafael Alberti, Margarita Manso, además de formar parte de la Generación del 27, fueron también miembros destacados de La Orden de Toledo. Una cofradía entre lúdica y extravagante y, desde luego gamberra, que durante unos años los reunió con otros talentosos jóvenes de ambos sexos en la ciudad de Toledo[i].
(4) José Moreno Villa, (5) Juan Vicens, (6) José María Hinojosa
Estos destacados miembros de la Generación del 27, coincidieron en Madrid en la década de 1920, y formaron parte del ambiente estudiantil y de élite que se constituyó en las residencias creadas en torno a la Institución Libre de Enseñanza, conocida como la ILE.
La ILE surgió en 1876 como reacción educativa contextualizada en la modernidad que representaba una nueva corriente, el Krausismo. Su creador, Karl Christian Friedrich Krause instaba a poner al alumno en contacto estrecho con su entorno y experimentar con su objeto de conocimiento. Promovía las clases prácticas, la exploración en la naturaleza y huía del dogmatismo, buscando siempre el porqué de las cosas. Se partía de lo sencillo para construir realidades complejas y suponía un punto de ruptura con las viejas metodologías académicas. Además, el Krausismo rompía también con cualquier vínculo de tipo religioso y promovía el progreso social a partir de una enseñanza laica.
La Generación del 27 no fue ajena a esta nueva perspectiva educativa y algunos de sus miembros, los aquí mencionados entre ellos, lo vivieron en la práctica en dos instituciones que se crearon en Madrid, una para hombres y otra para mujeres, pero ambas con los mismos objetivos. En 1910 se creó bajo el patrocinio de la ILE la Residencia de Estudiantes, y en 1915 la Residencia de Señoritas.
Estas instituciones daban alojamiento a estudiantes, pero también les proporcionaban laboratorios, bibliotecas, espacios para el debate y actividades formativas. Una muestra del nivel cultural que alcanzaron es que por allí pasaron como conferenciantes personajes de la talla de Henri Bergson, Albert Einstein, Howard Carter, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Paul Valéry, Marie Curie, H.G. Wells, Igor Stravinski, Le Corbusier o Clara Campoamor, entre otros muchos. El ambiente cultural e intelectual era muy elevado y no es extraño que de estas instituciones surgieran grandes figuras del arte, de la cultura y de la ciencia, tanto hombres, como mujeres.
Sin embargo, no todo era cultura y como jóvenes y estudiantes también llevaron a cabo iniciativas más propias de su edad y de su …. digamos…. genio creativo.
Una de sus iniciativas más conocidas se inició con una acción de apenas unos breves instantes en la Puerta del Sol de Madrid, probablemente en 1927. Duró apenas unos pocos minutos, pero dejó una honda huella. Lo relataba la pintora Maruja Mallo en un documental de RTVE[ii]:
Todo el mundo llevaba sombrero, era algo así como un pronóstico de diferencia social. Pero un buen día a Federico (García Lorca), a (Salvador) Dalí, a mí y a Margarita Manso, otra estudiante, se nos ocurrió quitarnos el sombrero y al atravesar la Puerta del Sol nos apedrearon, insultándonos como si hubiéramos hecho un descubrimiento como Copérnico o Galileo. Nos llamaron maricones porque se comprende que creían que despojarse del sombrero era como una manifestación del tercer sexo.
Así nació un grupo que marcó una época y un estilo clave en el movimiento feminista, las Sinsombrero, una denominación que dio nombre a un grupo de mujeres que convivieron, disfrutaron y compartieron una juventud llena de vivencias, camaradería, ideales, bromas y formación. Un grupo de jóvenes que maduraron juntas, rompiendo las rígidas normas de una sociedad que necesitaba una revolución. A este informal grupo pertenecieron mujeres tan brillantes como las escritoras Concha Méndez, Josefina de la Torre, María Teresa León o Rosa Chacel. Músicas como Adela Anaya, Pilar Bayona y María Rodrigo. Y artistas geniales como la mencionada Maruja Mallo y Marga Gil Röesset, poetisa, escultora e ilustradora; profunda, emotiva, afligida, insatisfecha, atormentada y frustrada por la decepción de un inalcanzable amor.
Pero no es en este grupo, las Sinsombrero, en el que aquí nos queremos centrar, sino en otro mucho más gamberro, iconoclasta con las costumbres, y rupturista con los modos clásicos y las buenas costumbres de la «gente bien».
Todo empezó cuando Luis Buñuel, residente en la Residencia de Estudiantes, tomó un tren en 1923 para visitar la ciudad de Toledo, a tan solo 70 kilómetros de Madrid. Una ciudad que, por aquel entonces, no se encontraba en su mejor momento pero que conservaba todo el sabor de aquella vieja urbe que fue residencia de reyes y emperadores, con callejas y callejones sucios y oscuros, pero también misteriosa, inspiradora, evocadora y con sabor a una vieja e intrincada medina musulmana.
Como el mismo Buñuel refirió, aquel día bebió más de lo aconsejable y se encontró completamente borracho vagando por la ciudad. En su deambular llegó a entrar en la iglesia de los Carmelitas con la intención, según él mismo confesó, de robar la caja del convento. Al fraile que le recibió le explicó su necesidad de hacerse fraile, una excusa para entrar a robar, pero el clérigo no tuvo problemas en reconocer el hedor a vino de nuestro gran director de cine, por lo que lo expulsó sin contemplaciones. Perdido por el recóndito barrio de los Cobertizos y hechizado por la magia de las calles de esta ciudad tuvo una iluminación y decidió crear una orden o cofradía integrada por estudiantes, que debían pasar el fin de semana en Toledo en busca de aventuras.
* * * * * * * * * * * * *
Así nació la Cofradía de la Orden de Toledo, en la que el propio Buñuel, como fundador, ocupó el puesto de condestable y a la que invitó a formar parte a una élite de escogidos, jóvenes de ambos sexos, que se distinguían por su imaginación, su irreverencia, su espíritu aventurero y su deseo de pasarlo bien, comiendo, trasnochando, saltándose las normas y, por supuesto, bebiendo. Una cofradía que estaba obligada a visitar Toledo al menos una vez al año y amar esta ciudad por encima de cualquier otra cosa.
En la cofradía había grados, como secretario, caballeros, escuderos, invitados, invitados de los escuderos e invitados de los invitados de los escuderos. Independientemente del lugar que ocupaban en el escalafón, todos los miembros de la cofradía (hombres y mujeres por igual) centraban su actividad en pasar el fin de semana en Toledo siguiendo un programa y respetando una serie de normas. Por cierto, el rango de caballero se reservaba solamente a quienes aguantaban hasta altas horas de la madrugada vagando por la ciudad y, a ser posible, borrachos.
Se viajaba el sábado por la tarde a Toledo en tren, alojándose en una de las posadas más famosas de Toledo, la Posada de la Sangre, muy cercana a la céntrica plaza de Zocodover y tan antigua como para que Cervantes situara en ella la acción de una de sus novelas: La ilustre fregona. No era el mejor alojamiento, ni el más limpio, pero eso no era importante si tenemos en cuenta que los cofrades estaban obligados a no lavarse durante su estancia en la ciudad, que duraba hasta el domingo por la tarde, cuando volvían a la capital. Además, era barato.
Lugares de Toledo de obligada visita para la cofradía.[iii]:
- Posa de la Sangre
- Plaza de Zocodover
- Convento de Santo Domingo el Real
- Venta de Aires
- Hospital de Tavera o de San Juan Bautista
Ayuntamiento de Toledo
https://www.toledo.es/toledo-siempre/cartografia-historica/planos-de-la-ciudad/
Después de tomar unos vinos en la plaza de Zocodover y cenar lo que se pusiese por delante, se esperaba a la noche y cuando en la torre de la Catedral las campanas anunciaban las doce de la madrugada, salían con las sábanas de las camas de las habitaciones de la posada convenientemente escondidas.
Se dirigían por las laberínticas calles de la ciudad hasta la plaza del convento de Santo Domingo el Real, junto a los famosos Cobertizos, y allí, en el silencio de la noche, solo roto por el eco de sus pisadas que resonaban en aquellas estrechas calles, y escuchando a veces los cantos distantes y fantasmagóricos de las monjas en sus rezos nocturnos, procedían a ordenar a los nuevos caballeros de la orden.
La ordenación de estos nuevos integrantes se celebraba cuando las campanas daban la una de la madrugada, momento en que dejaban solo al neófito, se retiraban para cubrirse en las sombras con las sábanas y, como fantasmas, volvían para despedirse de él y dejarle claro que debía vagar, perdido por las calles, hasta el amanecer. Mientras tanto, los cofrades se dedicaban a ocultarse para asustar a los pocos viandantes que encontraban y, de paso, dar buena cuenta del alcohol y las provisiones que habían podido llevar consigo, al tiempo que reían, contaban sucedidos, cantaban, escandalizaban, leían poemas, visitaban las ventanas de jóvenes toledanas y besaban las piedras que contenían recuerdos de hechos pasados.
Nada mejor para imaginar aquellos momentos que lo que nos dejó escrito Rafael Alberti con su irrepetible estilo cuando él mismo fue iniciado[iv]:
Aquella noche de mi iniciación en los secretos de la orden, salimos a la calle, llevando todos los hermanos, menos yo, ocultas bajo la chaqueta, las sábanas de dormir, sacadas con sigilo de las camas de nuestros cuartos. Luis Buñuel actuaría de cofrade mayor. (…) Después de un tejer y destejer de pasos entre las grietas profundas del dormido Toledo, vinimos a parar al sitio del convento en el instante en que sus defendidas ventanas se encendían, llenándose de velados cantos y oraciones monjiles. Mientras se sucedían los monótonos rezos, los cofrades de la hermandad, que me habían dejado solo en uno de los extremos de la plaza, amparados entre las columnas del atrio, se cubrieron de arriba abajo con las sábanas, apareciendo, lentos y distanciados por diversos lugares, blancos y reales fantasmas de otro tiempo, en la callada irrealidad de la penumbra toledana. La sugestión y el miedo que comencé a sentir iban subiendo, cuando de pronto las ensabanadas visiones se agitaron y, gritándome: «¡Por aquí, por aquí!», se hundieron en los angostos callejones, dejándome —una de las peores pruebas a que se veían sometidos los novatos de la hermandad— abandonado, solo, perdido en aquella asustante devanadera de Toledo, sin saber dónde estaba y sin la posibilidad consoladora de que alguien me indicase el camino de la posada (…) Así que me eché a caminar por la primera callejuela —muy contento, por otra parte, de mi falta de brújula—, decidido a dejarme perder hasta el alba. Andar por Toledo (…) es volverse de aire, silbo de agua para aquellos enjutos pasillos, engañosas cañerías, de súbito chapadas, sin salida posible; es siempre andar sobre lo andado, irse volviendo pasos sin sentido, resonancia, eco final de una perdida sombra.
Así pasaban las horas hasta retirarse a la posada para descansar brevemente. Después de dormir un rato, nunca demasiado largo, la cofradía recorría Toledo visitando sus monumentos, pero especialmente la Catedral y, dentro de este templo, su torre, subiendo (casi escalando) hasta el cuerpo de campanas desde donde contemplaban una amplia panorámica de la ciudad y podían admirar su famosa campana gorda, la segunda más grande de la cristiandad (la primera está en el Kremlin de Moscú). Según se dice, esta enorme campana de la Catedral de Toledo rompió con su tañido los cristales de la ciudad, pero solo tocó una vez, afortunadamente, debido a que se rajó de arriba abajo por un defecto de fabricación.
Las comidas las hacían en uno de los restaurantes más antiguos de España que hoy permanece en activo, La Venta de Aires, en el que bebían hasta saciarse, comentaban lo sucedido esa noche y se relamían con su famosa tortilla a caballo (con carne de cerdo), sin despreciar una buena perdiz escabechada y todo regado con un buen vino de la tierra, preferentemente de Yepes. Allí no pasaban desapercibidos y se tomaban fotos, además de cometer travesuras, como cuando Salvador Dalí dibujó unos pájaros en una de las paredes del patio, lo que le hizo llevarse una fuerte reprimenda además de ser obligado a borrar su obra. ¡Si el dueño de la venta hubiese sabido quién iba a llegar a ser Salvador Dalí! Seguro que habría conservado el dibujo.
Al finalizar la comida y de camino a la estación era obligatorio visitar y velar en meditación y durante un rato el sepulcro del cardenal Tavera, en la iglesia del hospital que lleva el nombre de este prelado, extramuros de la ciudad. La tumba es un magnífico monumento funerario del siglo XVI realizado por Berruguete. El rostro del cardenal es de un gran realismo y dejó una fuerte impronta en el propio Buñuel, como demuestra el hecho de que, en una de sus mejores películas, «Tristana», la protagonista, Catherine Deneuve, lo contemple durante un instante que se hace eterno. Representa el contraste de la vida y de la muerte, magníficamente representada en el rostro de la escultura yacente.
Luis Buñuel (1970)
Y, acabada la actividad, se regresaba a Madrid otra vez en tren, descansando durante las dos horas que duraba el viaje, cansados pero satisfechos de hacer lo que, en realidad, les venía en gana y, en particular, de disfrutar de su amor a Toledo.
De aquella orden lúdica, gamberra, contestataria, festiva e irreverente nos queda el recuerdo y listas de miembros, como la que aquí incluimos, redactada por Luis Buñuel en su exilio mejicano años después. Una lista en la que se refleja la situación de «muerto» de algunos de sus componentes e incluso de «fusilado»[v].
La Guerra Civil en 1936 acabó con esta cofradía definitivamente, como con tantas otras cosas, una cofradía que ya no contaba con la presencia de sus fundadores, pero que admitió socios hasta ese año.
Nuestro recuerdo a aquellas luminarias de la cultura y a su desenfrenado deseo de romper con lo establecido, de innovar, de ser diferentes, de estar a la vanguardia. Y nuestra invitación a recorrer las calles de Toledo por la noche, escuchando nuestros pasos resonar en aquellas calles estrechas y dejándonos llevar por la imaginación, tal y como ellos hicieron.
Luis Orgaz y María Felicitas Valero
23/05/2025
REFERENCIAS
[i] Puede encontrarse información completa en: La Orden de Toledo, un recorrido vanguardista. 1923-1936. Grupo de investigación Laboratorio de creaciones intermedias. Departamento de esculturas de la Universidad Politécnica de Valencia. Publicación de la exposición realizada en el Centro Cultural San Clemente de Toledo, 2005. Miguel Molina, José Juan Martínez y Gema Hoyas (coords.).
https://archive.org/details/laordendetoledo/page/n1/mode/2up
[ii] Radio Televisión Española. Las sinsombrero. Rtveplay. Imprescindibles.
https://www.rtve.es/play/videos/las-sinsombrero/imprescindibles-sin-sombrero/3318136/
[iii] Rey Pastor, Alfonso. Plano de Toledo revisado y ultimado,1926. Ayuntamiento de Toledo. Archivo Municipal. Toledo histórico. Cartografía histórica.
[iv] Alberti, Rafael. La arboleda perdida. Libro Segundo (1917-1931). Centro de Recursos Digitales educarchile. Libros Tauro. Pág. 94.
[v] En torno a Luis Buñuel. La orden de Toledo. Blogspot. MFA, junio, 2014.
https://lbunuel.blogspot.com/2014/06/la-orden-de-toledo.html
SI TE GUSTA, ¡COMPÁRTELO!
LIBROS PUBLICADOS POR LUIS ORGAZ FERNÁNDEZ
