EL ORIGEN DE LAS LEYENDAS DE TOLEDO
El origen de las leyendas de Toledo, su explicación, su causa, se relaciona directamente con el sentir de sus ciudadanos, con sus comentarios, con sus vivencias, con las experiencias que vivieron cuando estas leyendas se generaron. Toledo es una ciudad rica en leyendas, tal y como corresponde a una ciudad cuya historia se pierde en el tiempo. Cuando se pasea por sus calles, un auténtico placer, es imposible evitar encontrar viejas historias que emanan de cada piedra, de cada rincón. Todas fueron creadas por alguna razón y evolucionaron al pasar de boca en boca hasta nuestros días.
Calle Alfileritos, Arquillo del Judio, Callejón del Alarife, Plaza de San Justo y Callejón de Niños Hermosos
Las leyendas son narraciones transmitidas de generación en generación dentro de una comunidad y forman parte de su tradición y de su patrimonio cultural. Parten de la existencia de personajes o sucesos que, sin duda, ocurrieron, pero que se magnificaron, exageraron o distorsionaron a medida que se contaban.
Son narraciones cortas y sencillas, fáciles de comprender y de memorizar, que suelen tener un final que explica un acontecimiento o lleva a conclusiones moralizantes implícitas.
Es importante diferenciar las leyendas de los mitos. Las leyendas tienen contenidos más cotidianos y personales, cercanos a la vida de las gentes y, a menudo, localizables en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, los mitos, se refieren a grandes sucesos relacionados con el origen, la religión, héroes o hechos transcendentales en la vida de los pueblos. Los mitos son difíciles de creer, por su enorme contenido fantástico, y su localización suele ser difusa. En el caso de Toledo estos mitos hacen referencia a su fundación por personajes como un nieto de Noé (el del Diluvio) llamado Túbal, que dio a la ciudad el nombre de «Tubleto». E incluso también se identifica a su fundador con el mismísimo Hércules. Otro mito afirma que aquí se encontraba la «Mesa de Salomón», el rey de los judíos, que era de esmeralda y tenía poderes mágicos. También entraría en la categoría de mito la creencia en que el apocalipsis de Toledo se producirá cuando un pez dorado, sujetado en su mano derecha por un ángel en el altar del Transparente de la Catedral, se caiga al suelo.
Las leyendas cuentan historias más sencillas y cercanas al pueblo, porque emanan de él, cuentan lo que vivieron, lo que sintieron, lo que comentaron… Tienen una gran importancia porque, al pertenecer al acervo cultural de un colectivo, contribuyen a cohesionarlo, a darle forma y a proporcionar a sus miembros un sentimiento de pertenencia al grupo. Pero lo más relevante y sugerente para una persona interesada en la Historia es encontrar su origen, dar a estas leyendas un sentido histórico y explicar la causa o motivo por el que se generaron. O, al menos, crear hipótesis a este respecto.
El estudio de su origen contribuye a explicar las mentalidades y vivencias del pasado, desde los problemas de conciencia que se generaron entre aquellos que las crearon, hasta sus miedos y creencias fantásticas que solamente podían explicar a partir de narraciones extraordinarias. Sin olvidar los hechos difíciles de entender, incluidos los avances tecnológicos que se comentaban y difundían, así como las historias de honor, amor y odio que hoy se publican en las revistas y programas del corazón y entonces pasaban de boca en boca.
En cualquier caso, la historia de una ciudad milenaria como Toledo no puede ser plenamente entendida sin profundizar en sus leyendas, fuente imaginativa que refleja la mentalidad y vida cotidiana de aquellos que nos precedieron.
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Una de los hechos más traumáticos y violentos que vivió la ciudad de Toledo, tanto a nivel religioso como social, fue la persecución que se ejerció sobre musulmanes y judíos, especialmente estos últimos, mientras permanecieron en su fe. Una persecución que pasó a ser posteriormente vigilancia estrecha sobre los cristianos nuevos, es decir, sobre los que se bautizaron para evitar el rechazo social y, más tarde, la expulsión. Una vigilancia que se hizo extensiva a sus descendientes.
No es extraño que estos acontecimientos que se prolongaron durante siglos dejaran historias de un enorme dramatismo. Historias que pasaron de boca en boca y dieron lugar a leyendas que hoy recordamos.
Las leyendas que aluden a estas persecuciones se centran especialmente en los judíos, salvo alguna excepción que tiene como protagonistas a los musulmanes. La persecución se inició formalmente a finales del siglo XIV y fue respaldada por la Iglesia. Posteriormente y tras la expulsión de los no bautizados en 1492, la Inquisición o Santo Oficio se ocupó, entre otras cosas, de vigilar que no volviesen a sus antiguas creencias y ritos. El patrocinio oficial de esta persecución y posterior control no fue óbice para que popularmente se buscase una justificación moral a las barbaridades que se cometieron por parte del pueblo de Toledo contra muchos de sus propios vecinos, a los que sin duda conocían y con los que convivían a pesar de que estos últimos preferían vivir en su barrio, la Judería Mayor, bien aislada por unos muros construidos por ellos mismos.
No puede ser fácil, a pesar del fanatismo religioso, asumir estas barbaridades, entre las que se encuentra el origen del nombre de unos molinos que hay en el rio Tajo cercanos a la Judería, a los que se dio en llamar «molinos de la degollina» por haber sido el lugar en el que fueron pasados a chuchillo aquellos que en la persecución de 1391 se negaron a bautizarse. Por ello, para explicar estas persecuciones y matanzas se crearon leyendas que intentaban disculpar los crímenes cometidos, tomando como justificación la supuesta maldad de dichos judíos.
Esta supuesta maldad tiene frecuentemente como núcleo del conflicto un sentimiento tan sensible como es el amor, amor entre judías y cristianos, algo que sin duda debió darse y no se podía tolerar, tal y como narran estas leyendas.
Este amor, siempre frustrado en estas historias, se evidencia en la leyenda del Arroyo de la degollada, una historia trágica que no alude a los judíos, sino a los musulmanes. Narra el amor de una musulmana y un cristiano que huyen juntos, pero cerca de la ciudad, al cruzar un arroyo, son alcanzados por dos parientes de la joven que la degüellan. El cristiano acaba con ambos enemigos y llega a tiempo de bautizar con el agua del arroyo a su amante, arroyo que, desde entonces, llevará este nombre.
En las inmediaciones de Toledo tiene también su escenario una leyenda de temática similar, la Rosa de Pasión. El argumento es el mismo, pero con una muchacha judía como protagonista. Ella se enamora de un cristiano e incluso se hace bautizar secretamente. Pero es descubierta por su padre, con quien su hija se encara, por lo que éste trama una terrible venganza. Conduce a la joven a las afueras de Toledo, al lugar que llaman El Valle, y allí, sobre las ruinas de una vieja ermita la hace crucificar. Años después son descubiertos en aquel lugar los restos de un cadáver enterrado y, milagrosamente, sobre la tumba, se observa que crecen unas hermosas rosas que llevan inscritos y figurados en sus pétalos los atributos del martirio de Cristo: corona, clavos y cruz.
Pero la más conocida de las leyendas de amores imposibles entre cristianos y judías es, sin duda, la leyenda del Pozo amargo. En esta historia el suceso es similar, la pobre niña judía es sorprendida por su malvado padre que, en esta ocasión, hace asesinar al cristiano junto a un pozo en el que se encontraba con su amada. Esta, vuelve al lugar del crimen reiteradamente y llora desconsoladamente día tras día, cayendo sus lágrimas al interior del pozo hasta que sus aguas se vuelven amargas e imposibles de beber. Finalmente, cree ver a su amado reflejado en el fondo y se arroja para unirse a él.
Hemos podido comprobar que siempre son mujeres judías o musulmanas las que se enamoran de hombres cristianos, y no al contrario, lo cual es digno de una reflexión que invito a realizar.
Pero no solo hay leyendas de amores frustrados con el protagonismo cruel, malvado y desalmado de padres hebreos que no pueden consentir un matrimonio mixto, sino que también hay otras en las que un judío, de forma fría y despiadada, se ensaña con los cristianos.
En La Casa de las cadenas el malvado judío, herrero de profesión, trabaja sin descanso por las noches para fabricar con deleite las cadenas que vende a los moros de Granada que se encuentra en guerra con el reino de Castilla de Isabel «la católica», cadenas con las que se aherroja a los cristianos cautivos. Estas cadenas regresaron a Toledo y se dice que son las que cuelgan de la fachada de la Iglesia de San Juan de los Reyes. Lo cierto es que realmente dichas cadenas son los exvotos que trajeron los cautivos de las guerras de Granada cuando fueron liberados por la reina Isabel y que quisieron mostrar, y se siguen mostrando, como muestra de agradecimiento.
Pero la leyenda toledana en la que más odio y saña se muestra como identificador de los «malvados» judíos es la del Cristo de la Luz. Se cuenta que en época visigoda donde hoy se encuentra una antigua mezquita existía una pequeña ermita, casi al límite de la ciudad. En ella el altar estaba presidido por un Cristo de madera con fama de milagroso, al que acudían los cristianos fervorosos a besar sus pies y pedir su favor. Un judío rabiaba ante esta devoción por lo que tramó acabar con la tradición y, amparado por la noche, untó esos pies con un veneno. A la mañana siguiente, desde muy temprano, se apostó en las inmediaciones, frotándose las manos al estar seguro de que no tardaría en ver caer a las víctimas de su felonía. Con gran emoción observó a una viejecita que se acercaba a la imagen. El judío se relamía anticipando el envenenamiento, pero cuando la anciana se arrodilló y acercó lentamente sus labios al Cristo …. éste apartó súbitamente el pie. La noticia corrió por todo Toledo y la rabia del judío se hizo infinita… ¡milagro! ¡milagro! ¡El Cristo es aún más milagroso! Irritado, resentido y deseoso de acabar con todo esto que tanto odiaba, esperó a la noche y, amparado por las sombras se dirigió a la ermita, arrancó el Cristo y lo arrastró a su casa, enterrándolo en un muladar. Satisfecho se echó a dormir. Pero al poco de amanecer unas voces le despertaron, una muchedumbre gritaba en la puerta de su casa, una muchedumbre de cristianos enfurecidos que clamaban por matarlo, que derribaron su puerta y acabaron con su vida. ¿Qué había pasado? ¿Cómo habían descubierto que él había arrastrado al Cristo hasta su casa? La respuesta estaba en un rastro de sangre que fue dejando la imagen y que denunció el secuestro, un rastro milagroso que llevó hasta él y que hizo justicia.
No creemos que se limpiasen con estas historias las conciencias de quienes se ensañaron con tantas personas inocentes, pero de lo que no puede cabernos duda es que, con estas leyendas, lo intentaron y, a su manera, justificaron las persecuciones, los crímenes, los autos de fe, los odios, la incautación de bienes, la vergüenza a la que se sometió a tantos inocentes y a sus descendientes.
Junto al deseo de justificar su agresividad y violencia contra los que no comulgaban con su fe, encontramos otra motivación para crear leyendas en la necesidad de divulgar la enorme importancia que tenía el honor. Es otra forma de reivindicar una sociedad que se encuentra dentro de los parámetros del buen obrar y de la justicia. Entre estas leyendas que claman por el honor, encontramos en Toledo al menos tres. En todas ellas las protagonistas son mujeres que se convierte en víctima de la lascivia o del egoísmo del hombre
La que se podría datar como más antigua es la que se conoce como la de Los niños hermosos. Se cuenta que allá por el año 1220, durante el reinado de Fernando III, una bella viuda que tenía dos hijos, famosos por ser buenos y guapos, fue pretendida por el corregidor de la ciudad. Sin embargo, la viuda se resistió a ceder a sus lascivos requerimientos, por los que este malvado secuestró a sus hijos. A pesar de todo, la viuda no cedió, viviendo en una terrible angustia. Sin embargo, todo cambió cuando la mujer supo que el propio rey visitaría la ciudad y que incluso accedería a atender las quejas de sus ciudadanos en la plaza de Zocodover. La madre acudió a la plaza, pero no lograba llegar a primera fila para ser atendida hasta que, cuando todo parecía perdido, clamó con tanta angustia que el rey ordenó que la trajesen a su presencia. Llorando pidió justicia y Fernando III, sin ninguna piedad, ordenó liberar a sus hijos y decapitar al corregidor. Hoy, en la Puerta del Sol de Toledo se observa la imagen esculpida de dos ¿jóvenes? Y, sobre ellos, una cabeza. Los dos jóvenes parecen, en realidad, una parte de un sarcófago paleocristiano, pero el conjunto bien pudiera aludir a esta leyenda. Pero mucho más significativo es que en el interior de la ciudad podemos encontrar un callejón con el nombre de Callejón de los Niños hermosos y, muy cerca, a apenas treinta metros, una plaza conocida como Plaza de la Cabeza. Parece que el corregidor fue decapitado cerca de donde vivían la viuda y sus hijos y su cabeza expuesta en aquel lugar.
También hace alusión al honor herido de una dama la leyenda del Cristo de la Vega, recogida por José Zorrilla en su obra «A buen juez, mejor testigo», en la que se narra el juramento de amor que hace un soldado que parte a la guerra a una dama delante de una imagen de Cristo crucificado. Sin embargo, cuando años después vuelve se desentiende de su promesa. Demandado por la dama ante un juez este la pregunta si hubo testigos y la dama le informa de que tan solo lo pudo escuchar aquella imagen de Cristo. El juez decide celebrar la vista en la iglesia y preguntar a la imagen ante la incredulidad de los presentes, incredulidad que se vuelve en locura admirable cuando, ante la interpelación, el Cristo baja su brazo de madera y lo pone sobre la Biblia, al tiempo que se escucha un sonoro «Si…lo juro». En realidad, esta imagen podría formar parte de un «descendimiento» que no llegó a terminarse.
Y para terminar este bloque de ofensas al honor de la dama, recordemos una leyenda recogida por Gustavo Adolfo Bécquer titulada El beso. Es una leyenda muy violenta que, nos sitúa en el convento del Carmen, hoy desaparecido, ocupado por un grupo de soldados franceses durante la Guerra de la Independencia, en 1808. Uno de los soldados, borracho, pretende besar la estatua de una dama muy bella que se encuentra arrodillada sobre su sepulcro, acompañada por su marido, un noble toledano. Sus compañeros se ríen y le animan a besarla, pero las risas se convirtieron en pánico cuando, al aproximar sus labios a los de la estatua, la figura de mármol del marido cobra vida y le propina tal bofetada que le mata en el acto. Hoy, las esculturas de ambos protagonistas de la leyenda, marido y esposa, se encuentran en la iglesia de San Román, donde fueron trasladadas.
Hay muchas más leyendas, entre las que se encuentran las relacionadas con la tecnología y llegan a una enorme exageración con el paso del tiempo. Es el caso de la leyenda del Hombre de palo. Al parecer, Juanelo Turriano, hombre de enorme ingenio y relojero del emperador Carlos I allá por la primera mitad del siglo XVI, construyó un autómata que situó en una calle y que tenía la virtud de recoger y guardar el dinero que se depositaba en una escudilla que sostenía. El dinero, por un mecanismo de relojería y jugando con el peso de la moneda, se depositaba en su interior, y quien sabe que otras cosas hacía. La leyenda exageró tanto que convirtió al autómata en un auténtico robot de madera (de palo) que paseaba desde el Palacio Arzobispal hasta la casa de Juanelo para trasladarle la paga, algo demasiado inconcebible incluso en nuestros días.
Otras intentan explicar la existencia de lugares mágicos o malditos, como la Casa del Duende o el callejón del Infierno, lugares en los que vivieron personajes temidos, probablemente por practicar la hechicería. Pero la leyenda más trágica de las relacionadas con la magia es, sin duda, la del marqués de Villena. Una leyenda que debía justificar el enorme temor que despertaba entre los toledanos aquel hombre oscuro.
El marqués de Villena en el siglo XV era famoso por practicar la alquimia y la nigromancia y se cuenta que buscaba la forma de vivir eternamente. En los sótanos de su palacio, situado donde hoy se encuentra la Casa del Greco, experimentaba secretamente y pocos se atrevían siquiera a acercarse. Viendo que llegaba su hora, ordenó a su fiel criado que, una vez muerto, despedazara su cuerpo e introdujera los pedazos en un enorme matraz lleno de un extraño y viscoso líquido que él mismo había elaborado. El criado así lo hizo y dejó pasar el tiempo. Pero la ausencia del marqués se hizo notar y los alguaciles, pensando que el criado lo había asesinado, entraron en el palacio y, al bajar al sótano, se encontraron con una visión demoníaca. En el matraz había comenzado a formarse un cuerpo deforme como el de un niño, pero de horrible apariencia. Aterrados, rompieron el matraz y el líquido y el cuerpo del marqués cayeron al suelo, oyéndose un terrible alarido que precedió a un fétido vapor, tras lo cual aquel homúnculo se disolvió. Algunos vecinos dijeron que, en aquel momento, habían visto un carro de fuego que llevaba al aterrado marqués hacia el Infierno.
En realidad, esta historia encierra una enseñanza moral contra las prácticas alquímicas de este noble personaje que se atrevió a tanto en una época que precedió a la temida Inquisición.
Pero, frente a esta terrorífica leyenda contraria a la fe cristiana, surgieron otras que la reforzaban, mezclando milagros divinos y amor. Como la del Cristo de las cuchilladas, que probablemente intentaba justificar de forma sobrenatural la difícilmente explicable huida de dos enamorados que, en la noche toledana y junto a la iglesia de San Justo, se vieron acorralados por un grupo de enemigos que pretendían matarlos. De alguna manera lograron zafarse, pero la explicación que dieron las comadres en sus cotilleos llegó a explicar su huida porque, cuando estaban a punto de ser atravesados por las espadas, rogaron a Dios que les ayudara y a este no se le ocurrió otra cosa que abrir los muros macizos de la iglesia para meterlos dentro, cerrándolos otra vez tan súbitamente que las huellas de los aceros de sus enemigos quedaron marcadas en la pared.
Pero, hablando de callejones oscuros y espadas, mucho más sarcástica resulta la conocida como leyenda del Cristo de la calavera. En esta ocasión, dos caballeros que se disputan el amor de una dama deciden solventar la pendencia en un duelo en un callejón, bajo la imagen de un Cristo que en su base ostenta una calavera. Hasta cómico resulta imaginar lo que ocurrió. Cada vez que chocaban sus aceros… zas… el farolillo que alumbraba el Cristo se apagaba. Una y otra vez. Parece que a Dios no le resultaba buena aquella idea, por lo que decidieron, ya como amigos y no como rivales, acudir a la dama y pedirla que eligiese a uno de los dos. Pero ¡Oh! Que decepción, al llegar a su casa vieron estupefactos como un tercer caballero se descolgaba de su ventana. Suponemos que se fueron a tomar unos vinos, o algo así. Y entendemos que esta leyenda era suficientemente moralizante para explicar que eso de matarse por una dama no era lo más indicado.
Y, para terminar con esta sección dedicada a lo milagroso, nada mejor que una de las leyendas más conocidas y contadas de Toledo atribuida al Cristo de la Luz, al que antes nos referíamos. En ella debemos imaginar el desfile de los soldados cristianos que se dirigen victoriosos a Zocodover el año de 1085, encabezados por el conquistador de la ciudad, el rey Alfonso VI. Pero todos se pasman cuando el caballo del monarca, al pasar por lo que antes fue ermita y ahora es mezquita, se arrodilla súbitamente y se niega testarudamente a continuar. Entonces aparece un anciano que les dice que tras un muro de ladrillos de la fachada de la mezquita se emparedó al famoso y milagrero Cristo para protegerlo de los musulmanes allá por el año 711, colocando una pequeña candela para que le iluminase. El rey ordena quitar los ladrillos y … ¡milagro! La luz sigue encendida después de más de trescientos años. Para conmemorarlo se colocó una piedra blanca (que hoy allí se observa) y se le dio al Cristo el nombre que ostenta.
Hay otras leyendas de carácter terrorífico y propias de película de miedo o de relato de Edgar Allan Poe. Las mejores se encuentran situadas en el contexto de la Catedral Toledo.
Dos de ellas son tan aterradoras que finalizan con un pobre desdichado que enloquece o muere al quedarse encerrado dentro del templo y contemplar como, por la noche, las tumbas se abren, los muertos se levantan y transitan en macabra procesión por sus naves. Son la leyenda de la Ajorca de oro y la de la Penitencia del Obispo Acuña. En la primera, la víctima se ve sorprendida cuando se esconde para robar a la Virgen del Sagrario una ajorca (pulsera) de oro, encontrando un justo castigo por ladrón, volviéndose loco ante la visión de la macabra procesión. En la segunda, un curioso fue víctima de su imprudencia cuando quiso comprobar la maldición del obispo Acuña, uno de los comuneros de Castilla que se enfrentaron al emperador Carlos, del que se decía que se levantaba de la tumba todas las noches como castigo a haber ocupado ilícitamente la silla arzobispal. En esta ocasión, este pobre hombre murió del susto al verse rodeado por el cadáver del obispo y de muchos otros más.
Está claro que no hay que quedarse por la noche y a escondidas dentro de la Catedral y mucho menos intentar robar.
No menos tétrica resulta la leyenda que dice que en la cripta que hay bajo la enorme capilla de Santiago de la catedral, donde se encuentra enterrado el condestable de Enrique IV, Don Álvaro de Luna, se observa una escena espeluznante. Don Álvaro fue decapitado acusado de traición y su cuerpo, junto al de sus familiares, enterrado en la cripta. Lo que la leyenda cuenta es que todos los esqueletos se encuentran sentados en torno a una mesa que preside el cuerpo de Don Álvaro y que todos miran al centro, donde se encuentra su cabeza ¿Será verdad?
Y, para finalizar, veamos las leyendas que explican hechos históricos que engrandecen la ciudad y, por ende, a sus ciudadanos, para su mayor gloria. Es lo que ocurre en la leyenda de la Torre de la reina, en la muralla, junto a la puerta de Bisagra, que narra como en el siglo XIII un ejército musulmán se presenta ante la ciudad de Toledo de improviso y cuando no se encuentra en ella ni el rey, ni su ejército. La reina, Doña Berenguela, mujer decidida y valiente no se arredra ante la difícil situación y decide resolverlo a las bravas y utilizando el honor como arma. Al amanecer, cuando el ejército musulmán comienza a prepararse para atacar a la indefensa ciudad, los centinelas se quedan asombrados y con la boca abierta. La reina, acompañada de varias damas, con paso decidido y gesto firme sale por la puerta de Bisagra y se dirige a la tienda de campaña del jefe del ejército enemigo. Allí exige verlo de inmediato. El musulmán, sorprendido y desorientado ante aquella dama tan enfurruñada, saluda educadamente (las formas en aquel tiempo se respetaban) y extrañado la escucha cuando Doña Berenguela le espeta lo siguiente: «Es de caballeros muy menguados (cortitos) atacar a una dama indefensa cuando muy cerca se encuentra su marido. Si deseáis probar vuestro valor id a buscarle y no me ofendáis ni a mí, ni a vuestro honor». Aquello surtió efecto porque el musulmán pidió disculpas e incluso la rogó que, como desagravio, le permitiera desfilar con sus tropas ante ella camino de encontrarse con el rey. Así se hizo, y desde una torre de la muralla, la torre de la Reina, Doña Berenguela observó, con mucho alivio, como el peligro pasaba gracias a su decisión.
Otra leyenda histórica que, en este caso, explica la derrota del rey visigodo Don Rodrigo por los musulmanes y la subsiguiente invasión, es la de Florinda La Cava. No parece que ambos personajes, el rey y Florinda, fuesen demasiado queridos y populares, porque la leyenda les deja a los dos en mal lugar. Al rey como un lascivo y lujurioso que viola (o seduce) a Florinda mientras se baña, desnuda por supuesto, junto al torreón que lleva su nombre en el rio Tajo. A Florinda porque cuando profundizamos en el idioma árabe descubrimos que «kahva» podría ser un vocablo utilizado coloquialmente como «prostituta». El final fue terrible, porque el padre de la chica, el visigodo conde Don Julián, gobernador de Ceuta, proporcionó barcos a los musulmanes para cruzar el estrecho e iniciar la invasión. Esa fue su venganza por la deshonra sufrida por su hija.
Con Alfonso VI, el rey que en 1085 reconquistó la ciudad arrebatándola al dominio musulmán, los toledanos son mucho más complacientes. Lo valoran y una prueba es la leyenda de la Mano horadada, de la que este rey es protagonista. En esta historia, muy poco creíble, se cuenta que, estando Alfonso desterrado por su hermano Sancho en Toledo y acogido por el rey Almamún, le entró sueño después de comer y se echó la siesta. Pero, en realidad todo era fingido y lo que pretendía era escuchar al rey de Toledo y a sus consejeros. Estos comenzaron a hablar de los puntos débiles de la ciudad si alguna vez fuera atacada, algo que interesaba mucho a Alfonso. Pero uno de los presentes se dio cuenta de su presencia y se temió que estaba fingiendo dormir. Entonces a alguien se le ocurrió una «brillante» idea: «vertamos plomo fundido en una de sus manos para ver si está durmiendo», y lo dijo en voz alta. Y, según la leyenda lo vertieron y, sorprendentemente, Alfonso fingió que no se enteraba de nada. No resulta muy creíble. En realidad, lo de la «mano horadada» pudiera venir de que fue un rey demasiado espléndido y, como suele decirse de los que son demasiado dadivosos, «tiene un agujero en la mano».
Y no nos podemos despedir sin la leyenda más trágica y que ha dado lugar a una frase que a veces se utiliza para mencionar una noche terrible: «la Noche toledana» o «Jornada del foso». En los siglos VIII y IX el califato de Córdoba controlaba una buena parte de la península, pero no podía evitar una creciente ola de insurrecciones. Una de estas algaradas ocurrió en Toledo, donde los nobles musulmanes, hartos de su gobernador y los abusos a los que les sometía, se alzaron contra él y lo expulsaron. Su padre, un hábil y experimentado militar llamado Amrús (personaje histórico), pidió al Califa venir a Toledo como nuevo gobernador para disculparse ante los toledanos por el pésimo mandato de su hijo. Así se hizo. Amrús se volcó en agradar a las grandes familias toledanas y se mostró como un magnífico gobernante, ganándose la confianza de todos, hasta que un día, coincidiendo con la llegada a la ciudad de un gran ejército que se dirigía hacia el norte y viéndose respaldado, desencadenó toda su ira y desató su venganza por la humillación sufrida por su hijo. Invitó a cenar a los más nobles y destacados y, según iban accediendo a su palacio (se dice que estaba en el actual paseo de San Cristóbal) fue decapitando a todos para después colgar sus cabezas en los muros. Solo decir que esta historia puede ser absolutamente cierta, por lo que no sería una leyenda.
Hemos narrado veintitrés leyendas, las que yo siempre y desde niño escuché con atención. Faltan algunas, pero estas son las que más recuerdos me dejaron y no olvido. Van surgiendo otras nuevas, probablemente por el afán de los guías turísticos en sorprender a sus clientes, leyendas que no tengo demasiado claro que sean auténticas, pero la vida sigue y es imparable el afán de inventar y contar historias.
Os dejamos el enlace a la web oficial de Turismo del Ayuntamiento de Toledo para que podáis orientaros en vuestra ruta de leyendas https://turismo.toledo.es/.
Solo nos resta insistir en lo que decíamos al principio, cuando escuchemos una leyenda intentemos profundizar en ella y, aunque solo construyamos una mera hipótesis, intentemos encontrar su origen y cómo se pudo transformar en el día a día de los que la fueron transmitiendo. Y, por supuesto, entendamos que forma parte de la vida cotidiana de una ciudad milenaria.
Luis Orgaz Fernández
María Felicitas Valero Moreno
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