EL DUQUE DE LERMA, EL MAYOR CORRUPTO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
El duque de Lerma, Francisco Gómez de Sandoval, protagonizó el mayor caso de corrupción política de la Historia de España y esto ocurrió hace, nada menos, que cuatrocientos años, en los inicios del siglo XVII. En la España del siglo XXI, con una política marcada por la corrupción, los pelotazos urbanísticos, las comisiones, la ocupación de cargos por «personas de confianza», etc., no podemos dejar de echar una mirada hacia atrás y comprobar que esto ya pasaba hace siglos y alcanzaba dimensiones que hoy consideraríamos inimaginables.
Pero, antes de comenzar a conocer los hechos, creo necesario recordar lo que, al respecto, dijo el noble Cicerón allá por el siglo I a.C.:
«Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable»
Y tampoco podemos pasar por alto lo que afirma el artículo 13 de la Constitución española de 1812:
«El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen».
Dos reflexiones que bien debía haber hecho y asumido Don Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma, a quien vemos en este retrato de Pedro Pablo Rubens que podemos admirar en el Museo del Prado. Sugiero que observemos su gesto, su mirada, su atuendo … y el de su caballo … Dicen mucho de la personalidad de este «ilustre» personaje.
Pedro Pablo Rubens
Museo del Prado
En 1580, durante el reinado de Felipe II, un noble vallisoletano venido a menos y con dificultades económicas encontró su tabla de salvación en algo que en España siempre ha servido: una recomendación.
Don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, se encontró a sus veintisiete años y de la noche a la mañana con el puesto de gentilhombre de palacio. Fue gracias a su tío-abuelo el arzobispo de Sevilla quien movió los hilos necesarios para que, como hoy se dice, le «enchufasen» en Madrid.
Un gentilhombre era, en realidad, un aristócrata de confianza. Se ocupaba, dentro de la enrevesada y compleja Corte de Felipe II, el monarca más poderoso de su tiempo, de acompañar a los miembros de la familia real; preparar y asistir a las reuniones, fiestas y ceremonias; portar mensajes; formar parte de séquitos; dar conversación, e incluso de participar, si fuera necesario, en la seguridad de las reales personas. Y todo esto lo hacía magníficamente Don Francisco, un hombre diligente, empático, buen conversador, con buena figura y trato gentil.
Lo hizo muy bien, tan bien que un niño se fijó en él y le adoptó como un referente que le daba seguridad y confianza, e incluso como sustituto de ese padre a quien veía muy pocas veces porque siempre estaba ocupado. Porque su padre era, nada menos, que Felipe II.
Ese niño, el príncipe Felipe, al que la historia conocerá como Felipe III, se hizo inseparable de Don Francisco Gómez de Sandoval, tan inseparable que solicitó que fuera asignado a su servicio personal y, más tarde, que le nombraran su caballerizo mayor, un cargo que les convirtió en inseparables porque este puesto implicaba que debía acompañar al joven príncipe en todas sus salidas de Palacio.
La confianza que fueron ganando a lo largo de los años llegó a ser tanta que, en 1598, cuando el joven príncipe de apenas veinte años se convirtió en rey al fallecer su padre, todo estaba dispuesto para que Sandoval ganara el premio gordo. Aquel jovencito indolente, inmaduro, perezoso, carente de carácter y de interés por otra cosa que no fuese la caza, montar a caballo y disfrutar de fiestas y banquetes, necesitó con urgencia de alguien que le hiciese el pesado trabajo de reinar sobre un montón de reinos y posesiones por toda Europa, parte de África, Asia y América. Y ¿quién era su hombre de confianza? Imaginen la respuesta.
Asistir a los Consejos de Estado, Castilla, Guerra, Aragón, Hacienda, Indias, Justicia, Órdenes Militares, Suprema Inquisición, Navarra, Flandes … así como atender los innumerables asuntos de un trono que extendía sus tentáculos por más de medio mundo era demasiada tarea para un niño en el cuerpo de un hombre. En cambio, era la aspiración de un hombre con un objetivo claro: hacerse inmensamente rico.
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Como premio a la diligencia y dedicación de Sandoval a las tareas de gobierno, ocupando el altísimo cargo de valido de Su Majestad, el rey le concedió un alto título: duque de Lerma, un título con el que será conocido a partir de entonces.
Pero, además de este título que lleva aparejada la «grandeza de España», máxima dignidad a la que puede aspirar un noble, el señor duque de Lerma no escatimó esfuerzos, ahora por su cuenta, para alargar su mano hasta límites nunca vistos en la Historia de España, superando por mucho a cualquier otro político de cualquier tiempo.
El duque procedió rápido y en apenas dos años ocupó la compleja administración de la monarquía hispánica con personas de su confianza. Hoy lo llaman «colonizar el poder». Así, el duque lo controlaba todo: las secretarías de los Consejos y una parte de sus miembros; los tribunales de justicia ordinaria; los principales ayuntamientos, e incluso la Inquisición, donde colocó al preceptor de su hijo como inquisidor general y, cuando este falleció, a su propio tío. Pero su jugada maestra fue situar como secretario de cámara de Su Majestad, un puesto de la máxima relevancia por encontrarse siempre cercano al rey, a un joven que había servido como paje en su casa llamado Rodrigo Calderón, un hombre que le será fiel hasta la muerte.
Con esta estructura la corrupción estaba servida. En el año 1600, dos años después de que el indolente y despreocupado Felipe III accediera al trono, no había negocio en la Corte que no fuera controlado por el duque. Nombramientos, empleos, permisos, contrataciones, ingresos, gastos, intendencia, concesiones, gracias, autorizaciones … todo era intervenido y fiscalizado por el entramado del duque de Lerma y de todo salía algún beneficio económico. El soborno y la «mordida» era lo habitual y su bolsa se engrosaba más … y más … y más …
Tal era la riqueza del duque que en 1601 inició la construcción de un enorme palacio en el pueblo de Lerma, un palacio que hoy en día puede admirarse desde muy lejos, tal es su magnificencia, incluso cuando se transita por la autovía A-I. El lujo de este palacio no era solo exterior, en su interior estaba decorado con los muebles más lujosos y con obras de Tiziano, Miguel Ángel, Rubens … entre otros grandes artistas. Todo al mismo nivel que los propios reyes.
Plaza Mayor, Lerma. Burgos
Parador Nacional de Turismo desde 2003
Pero esto era poco para un hombre tan ambicioso, tan ansioso no solo de poder, sino también de dinero. El duque en 1600 contaba con cuarenta y siete años, una edad más que madura para un hombre de su época, pero esto no le echó para atrás ni le hizo volverse cómodo y apoltronarse a disfrutar de lo conseguido. Quería más, mucho más … porque era insaciable. Por esta razón, ideó un plan magistral, un plan que se concretó en el mayor «pelotazo urbanístico» de la Historia de España, un «pelotazo» que, para más señas y como veremos a continuación, fue doble.
En la primavera de aquel año de 1600, Lerma contó con sus dos hombres de máxima confianza, Rodrigo Calderón y Pedro Franqueza, para desarrollar su ambicioso plan. Este plan constaba de dos partes, en la primera intervendrían él mismo y Calderón, en la segunda el protagonista sería Franqueza.
Calderón y el duque de Lerma pusieron en marcha su parte del plan: convencer al rey de lo incómodo que era vivir en Madrid, una ciudad de cien mil habitantes que ya no era lo que fue cuando trasladó allí la capital Felipe II, en 1561. Tenían que convencerle de que Madrid era una ciudad sucia, llena de pecado, con grave riesgo de sufrir epidemias, como la peste, y con un alcázar (ubicado donde hoy se encuentra el Palacio Real o Palacio de Oriente) viejo, frío, rancio e incómodo. Además, la caza, principal afición de Felipe III, era ya muy aburrida, siempre en los mismos bosques. Hacía falta cambiar para vivir más seguros, mejor y descubriendo nuevas experiencias.
Como alternativa se ofrecía la ciudad de Valladolid que contaba con cerca de cuarenta mil habitantes, suficientemente grande para albergar la Corte; con un clima más fresco (en realidad, más frío) que evitaría, según Lerma y Calderón, las epidemias y enfermedades; ubicado junto a un magnífico rio, el Pisuerga; cerca de grandes cotos de caza, y con espacios palaciegos grandiosos (siempre según ellos).
Para la mente de un niño caprichoso, porque el rey no pasaba de ahí, no hay nada mejor que ofrecerle juguetes nuevos. Especialmente un palacio real reformado y en el centro de Valladolid, frente al convento de San Pablo, y un palacete junto al Pisuerga. Así como una finca propiedad del duque llamada La Ventosilla, en la que prometía grandes emociones cinegéticas y un palacio a la altura de Sus Majestades (un palacio que fue remozado al gusto de Su Majestad con dinero de la Corona, claro …).
El rey aceptó encantado y entonces se puso en marcha la segunda parte del plan, la que correspondía ejecutar a Franqueza. Éste, que había localizado en los días previos todas las casas, palacios, viejos conventos, solares y otros edificios en venta en Valladolid, comenzó a comprar por medio de intermediarios con el dinero del duque. El objetivo era claro: comprar a precio de ciudad de provincias y vender a precio de Corte.
¡¡¡Y que buen resultado dio la operación!!! En cuanto se rumoreó la noticia de que el rey se trasladaba a Valladolid toda la Corte se puso nerviosamente en marcha. Nobles, embajadores, miembros de los muchos Consejos, funcionarios, familiares, clérigos, criados, sirvientes, artesanos, comerciantes, mesoneros, soldados, prostitutas, ganapanes, mendigos, pícaros … todos se pusieron a buscar donde alojarse. Pero los más rentables para el duque eran los nobles y los embajadores que, llevados por su soberbia, pretendían vivir cerca del rey y en el mejor y más lujoso palacio. Y, por supuesto, para encontrar un buen lugar ahí estaba todo el entramado inmobiliario que construyó Pedro Franqueza, un buen precedente de las actuales franquicias de compra-venta de casas. Los precios, ante el exceso de demanda subieron, y el duque de Lerma literalmente «se forró».
Fue el mayor «pelotazo urbanístico» de la Historia de España. Pero, atención … porque esto no había terminado.
Plano nº1: Antonio Mancelli (1623), Instituto Geográfico Nacional
Plano nº2: Antonio Mancelli (1623). Planos de Madrid y su época, Ayuntamiento de Madrid
Plano nº3: Pedro Texeira (1656). Plano Texeira, Madrid siglo XVII
Plano nº4 y nº5: Bentura Seco (1738) y copia de J. Agapito Revilla (1901). Planos históricos, Ayuntamiento de Valladolid
Plano nº 6: Carlos Juan y Victoriano María Ameller (1844). Planos históricos, Ayuntamiento de Valladolid
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Todos los gastos de traslado a Valladolid que se generaron corrieron a costa del bolsillo de los miembros de la Corte, pero también de la propia Hacienda del reino de Castilla. Sirva como ejemplo que el nuevo palacio real fue comprado por una enorme cantidad de dinero por el duque, pero se resarció vendiéndoselo al rey por el doble de lo que le costó, sin contar con las grandes reformas que se hicieron a toda prisa para hacerlo atractivo a la Familia Real. Algo similar ocurrió con el palacio de la Huerta de la Ribera, junto al Pisuerga.
Así, el dinero se iba a manos llenas, un dinero que aportaban mediante impuestos los más humildes, porque la nobleza estaba exenta. Un dinero que también llegaba en los galeones de la Flota de Indias, pero que comenzaba a ir peligrosamente a menos. Como dato apuntemos que en 1600 llegaron a Sevilla en su tornaviaje 102 galeones cargados de riquezas, sin embargo, en los cuatro años siguientes tan solo lo hicieron 42, 89, 69 y 16, respectivamente. Una disminución demasiado significativa[i].
Además, para completar el problema, el escaso tejido productivo castellano provocaba que estas riquezas, una vez descontada la parte que consumía la Familia Real y, por supuesto, la no menos significativa porción que se quedaba el duque de Lerma y su entramado de corrupción, se iba fuera de España. Este dinero servía para pagar a los proveedores, a los soldados que combatían en las muchas guerras de la monarquía Hispánica, a la diplomacia y a los banqueros y prestamistas de Alemania, Italia y Portugal.
Al duque de Lerma, en este estado de ruina que provocó varias bancarrotas de la Hacienda Real, se le criticaba como el gran manipulador, el hombre que movía a tantos gastos inútiles cuando el rey se encontraba comprometido en tantos frentes en Europa. Por esta razón, decidió tomar un camino que redujese dichos gastos que llevaban a la crítica contra su persona: el camino de la paz. Así, el reinado de Felipe III, y de su incombustible valido, se conocerá como el de la búsqueda de las treguas y del apaciguamiento, especialmente en los conflictos con Francia, Inglaterra y Países Bajos.
Sin embargo, a pesar de la ruina permanente en la que se movía Hacienda, Lerma no paraba de inventar y, para satisfacer su inmenso deseo de riquezas, puso en marcha la segunda parte del plan.
En la primavera del año 1605, apenas cuatro años después de la gran mudanza, Lerma se puso en contacto con el corregidor de Madrid, el licenciado Silva de Torres, por medio de su hombre para todo: Pedro Franqueza. No conocemos como fue la conversación, pero estamos seguros de que al corregidor le supo a gloria.
Se trataba de saber cuántos inmuebles se encontraban a la venta en Madrid, no nos cabe duda de que eran muchos después de irse la Corte, y de comprarlos al precio al que se encontraban, que seguro debía ser muy bajo, un saldo.
Tras advertir al corregidor de que debía ser muy discreto y guardar silencio, se le informó de que cabía la posibilidad de que volviese el rey a Madrid, algo con lo que suspiraban en una ciudad que había perdido más de un tercio de su población y la mitad de su actividad comercial. Pero el ayuntamiento debía colaborar: aportaría doscientos cincuenta mil ducados para obras de mejora en el alcázar de los reyes, pondría a disposición de la mudanza todos los carros que se encontraran a menos de veinticuatro leguas a la redonda de Madrid, pagaría un sexto de los gastos de alojamiento de los funcionarios reales hasta que compraran nuevas casas, y prepararía suministros de trigo por valor de cien mil ducados para los primeros días de retorno.
Como vemos, todo era dinero, dinero y dinero. Respecto a la equivalencia entre ducados y euros, para hacernos una idea de su valor actual, resulta difícil encontrar un paralelismo para entender cuánto supondrían estas cantidades hoy en día. Pero sirva decir, tomando como referencia el valor del oro, que un ducado podría equivaler a doscientos euros actuales. Por tanto, doscientos cincuenta mil ducados supondrían unos cincuenta millones de euros de la actualidad. Aunque insisto en que esto es una mera referencia aproximativa.
Solo faltaba convencer de nuevo al rey y Lerma tomó como argumentos el frío y el ocio. Aquel invierno fue particularmente duro en Valladolid. El Pisuerga, como en años anteriores, se congeló en invierno y la crudeza de las temperaturas ponía en riesgo la salud de todo el mundo, incluidos los miembros de la Familia Real y, en particular, la de su primer hijo varón, el príncipe Felipe, que acababa de llegar al mundo.
Es interesante reseñar que aquellos años fueron especialmente fríos. Europa se vio envuelta en lo que se ha denominado la Pequeña Edad de Hielo, una bajada generalizada de las temperaturas que se dio entre los siglos XIV y XIX, pero que mostró sus momentos más fríos en torno a 1650, en un período que es conocido como Mínimo de Maunder, produciéndose un clima gélido que, sin duda, afectó fuertemente a las temperaturas en las fechas que aquí tratamos.
El frío era una buena excusa, junto al miedo a enfermar. Pero Lerma debía poner en la mesa otros argumentos para animar al cambio. Argumentos de ocio. Y estos no fueron otros que prometer que los bosques cercanos a Madrid se habían llenado de caza; que la Plaza Mayor de Madrid se estaba terminando para acoger los más grandiosos Autos de Fe y otras celebraciones y que, por supuesto, era el mejor marco para la gran monarquía Hispánica. Por último y para redondear la oferta de novedades atractivas, Lerma prometió la construcción de un gran parque con fuentes, jardines y estanques para el gozo y el «retiro» de su Majestad (nos referimos, evidentemente, al parque del Retiro). Además de la promesa del ayuntamiento de reformar y renovar el viejo alcázar.
Felipe IV ignoraba que la Plaza mayor no se inauguraría hasta 1619 y que solo la disfrutaría apenas dos años (murió en 1621). Tampoco sabía que el parque del Retiro no estaría a disposición de la Familia Real hasta 1630. Pero esto no contaba. Un rey, dócil, inmaduro y fácil de manejar aceptó estos argumentos y dio la orden: «Volvemos a Madrid».
Así se consumó el doble pelotazo urbanístico del duque de Lerma, porque cuando volvió la Corte se abrió una inmensa demanda de casas y palacios que, por supuesto, previamente había adquirido a precio de saldo el señor duque y que ahora vendía, una vez más, a precio de Corte.
Todo un ejemplo a emular por tantos políticos actuales que pueden estar soñando con hacerse ricos mediante la corrupción, tal y como soñó y consiguió Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma.
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En 1605 Lerma tenía cincuenta y dos años, estaba en la cima de su poder, y se había ganado demasiados enemigos. A él no parecía importarle demasiado, puede que incluso disfrutase en el ambiente hostil que le rodeaba, pero realmente sí debía preocuparse, porque la persona más hostil era, sin duda y nada menos, la reina Margarita de Austria. Esta mujer, una princesa austriaca con mucho carácter y muy religiosa, nunca miró bien a Sandoval.
El duque, muy consciente de esto, tomó en 1609 una durísima medida que tenía un doble objetivo: enriquecerse aún más y agradar a una reina que hoy denominaríamos fundamentalista católica: la expulsión de los moriscos.
Los moriscos eran los descendientes de los musulmanes que, en su mayoría, no se marcharon de Castilla y Aragón durante las expulsiones religiosas del reinado de los Reyes Católicos. Estaban bautizados ¡faltaría más! pero muchos de ellos mantenían sus costumbres y, según se decía, conservaban a escondidas su fe. Además, se les acusaba de complicidad con los piratas berberiscos que, de cuando en cuando, asaltaban las costas del Mediterráneo.
Todo lo anterior, unido al odio de la población de cristianos viejos, un odio espoleado por la situación de carestía que se vivía, justificó la expulsión de trescientos mil moriscos, la mayoría de los cuales marcharon al norte de África. Esta solución fue mucho menos mala que otras que algunos clérigos proponían en sus sermones de misa. Soluciones como castrar a los varones y enviarlos a Terranova; meterlos en barcos barrenados para que se hundiesen en el mar, o separarlos por sexos para que no pudiesen procrear y enviar a los varones a realizar trabajos forzados a las minas de mercurio de Almadén hasta que muriesen.
La economía del duque y de la Hacienda Real algo ganó, porque estos desdichados dejaron atrás todo su patrimonio en bienes inmuebles que rápidamente fue absorbido por la voracidad de Lerma. Pero la economía que si se resintió fue la del reino de Aragón y Murcia donde la población morisca alcanzaba en algunas zonas el 33%. No así Castilla, al suponer solamente el 4%. Pero en aquellas zonas el daño que se hizo a la producción agrícola fue terrible.
Pero esta medida, destinada a complacer a la reina y a los más exaltados, no evitó que la camarilla formada en torno a la soberana continuara en su empeño de acabar con el duque, creándose en 1610 un grupo muy sólido dispuesto a derribarlo. En el grupo se encontraban Luis de Aliaga, confesor del rey; Baltasar de Zúñiga, preceptor del joven príncipe heredero y, sorprendentemente, Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda, hijo del propio duque de Lerma.
La beligerancia del hijo del duque contra su propio padre pudo tener su origen en el alejamiento que este tuvo de su familia, especialmente desde la muerte de su esposa en 1603, unido al infundado rumor que corrió por la Corte de que pensaba contraer un nuevo matrimonio. Este alejamiento provocó que un joven tan ambicioso como su padre y que, sin duda, deseaba alcanzar un puesto tan relevante como el de Rodrigo Calderón, a quien debía odiar, recelase y sospechase que le estaban dejando fuera de un ascenso en la Corte. Los recelos eran mayores si imaginaba que el duque, su padre, podía tener hijos de otro matrimonio que le hiciesen aún más sombra y, ante estas perspectivas, no dudó en sumarse a la conspiración. En cualquier caso, no parece que los escrúpulos por amor paterno-filial fueran precisamente una norma de conducta en aquella selva de ambiciones.
Realmente había cierta injusticia en la actitud del hijo frente al padre. Porque en ningún momento le había olvidado. Cristóbal Gómez de Sandoval fue beneficiado por su padre con los títulos de marqués de Cea y duque de Uceda, el nombramiento de capitán general con un puesto en el Consejo de Guerra y un ventajoso matrimonio con la hija del Adelantado Mayor de Castilla. Pero a lo que no podía estar dispuesto, por la propia seguridad propia y de su hijo, era a darle el cargo que ocupaba Rodrigo Calderón.
El duque tuvo que afrontar acusaciones cada vez más graves que fue esquivando gracias a su desmedido poder e incluso descargando culpas sobre otros, como el desdichado Pedro Franqueza, el artífice de las compras y ventas de casas, que terminará sus días en una alejada prisión de León acusado de todos los cargos inimaginables y sirviendo de cabeza de turco para desviar las imputaciones contra Calderón y el propio duque de Lerma. Franqueza nunca reveló sus secretos, las amenazas sobre el bienestar de su familia y la pérdida de todo el patrimonio conseguido, incluido un título de nobleza y el matrimonio de su primogénito con una dama de la alta aristocracia, fueron suficientes como para mantenerlo callado.
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En 1611 Lerma y Calderón respiraron aliviados. La reina Margarita, la secular enemiga que nunca logró convencer al rey de los turbios manejos de su valido, falleció de una sepsis puerperal tras su octavo parto en tan solo doce años. A Felipe III se le pueden imputar una multitud de dejación de funciones, pero hay una en la que fue un buen cumplidor: tener hijos. Fue un buen referente para su heredero y sucesor, Felipe IV, que llegó a ser padre de dieciséis hijos legítimos y de no menos de treinta bastardos.
Se las prometían felices, pero lejos de librarse de las acusaciones que constantemente les perseguían, estas se incrementaron. La camarilla anti duque que creó la difunta reina acusó a Calderón de provocar la muerte de ésta utilizando hechizos y venenos, al tiempo que se le abrían causas por el asesinato de algunos personajes que le habían incomodado, como un soldado llamado Francisco Juaras.
El duque maniobró rápido y gracias a que su tío era el Gran Inquisidor y a su inmenso poder pudo capear el temporal, al menos de momento. Envió a Calderón a una misión diplomática en Flandes para enfriar el asunto y mantuvo con temple el mando, favorecido por la crisis anímica del rey tras quedarse viudo.
Calderón regresó en 1613 y gracias al duque de Lerma obtuvo dos títulos nobiliarios por sus servicios, conde de la Oliva de Plasencia y marqués de Siete Iglesias. Esto le volvió aún más arrogante, tanto como para difundir la idea de que era, en realidad, un hijo bastardo del IV duque de Alba y, por tanto, que por sus venas corría la sangre de la más alta nobleza. Estas salidas de tono provocaron aún más odio contra él, un odio que se incrementó al correr el rumor de que había comprado mediante soborno el estatuto de limpieza de sangre que necesitaba para ostentar estos títulos, unos títulos que no le correspondían por descender de judeoconversos, algo que no estaba lejos de la realidad.
La situación se fue tensando a medida que Lerma se volvía más viejo (en 1618 contaba con sesenta y cinco años) y prestaba más atención a sus dineros y señoríos que a las tareas de gobierno. Y todo se desbordó cuando los acontecimientos en Europa comenzaron a desencadenarse y a dirigirse hacia una nueva guerra, una de las guerras más terribles que ha conocido el viejo continente y que se conoce como la Guerra de los Treinta años.
Lerma no estuvo suficientemente atento a lo que estaba ocurriendo en la lejana Bohemia. El 18 de mayo de 1618 se produjo la llamada Defenestración de Praga, cuando un grupo de nobles calvinistas rebeldes arrojaron por las ventanas del castillo de esta ciudad a tres consejeros del príncipe Fernando de Habsburgo. Por cierto, no murieron, se salvaron al caer sobre un montón de estiércol.
La situación era grave, muy grave. Desde hacía más de cien años el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había sido un miembro de la familia Habsburgo, conocida en España como «los Austrias», parientes de los soberanos del Imperio Hispánico desde el matrimonio de Juana de Castilla «la Loca» con Felipe «el Hermoso». Siguiendo esta inercia, se esperaba que cuando falleciese el actual emperador el candidato que accedería al trono sería Fernando de Habsburgo.
Pero su ascenso a la corona imperial dependía de una formalidad que, hasta entonces, había sido asumida sin problemas y previa entrega de regalos: la conformidad de los siete grandes electores. Estos grandes electores eran los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, así como el conde Palatino, el margrave de Brandenburgo, el duque de Sajonia y el rey de Bohemia.
El rey de Bohemia era el propio Fernando de Habsburgo que junto a los tres arzobispos componían una mayoría de cuatro católicos sobre los otros tres electores que eran protestantes. Si los nobles de Bohemia, mayoritariamente calvinistas, rechazaban a Fernando de Habsburgo y llevaban a la elección del nuevo emperador a un candidato propio, los protestantes ganarían por cuatro a tres y el propio Fernando sería rechazado.
Si esto ocurría, el equilibrio de poder se tambalearía y tanto ingleses como holandeses se verían reforzados y animados para reabrir las hostilidades contra los Austrias españoles. Un auténtico desastre que se había dejado pasar por el duque de Lerma y que, por supuesto, escandalizó a la Corte.
Aquello era un fallo imperdonable, debió pensar Felipe III, propio de un hombre demasiado rico y demasiado viejo para seguir en un puesto de tanta responsabilidad. Fue suficiente para que el rey le indicara la puerta de salida a su viejo valido. Fue un despido en toda regla al que siguió la invitación a su propio hijo, Cristóbal Gómez de Sandoval, para ocupar la vacante que dejaba.
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El duque de Lerma, viejo, pero no cansado, se retiró a sus posesiones dispuesto a presentar batalla a los muchos pleitos que se le iban a presentar. Y por donde sus enemigos comenzaron no fue por él directamente, sino por el eslabón más débil, Rodrigo Calderón.
El 22 de febrero de 1619, Calderón que se había retirado a Valladolid intentando llevar una vida lo más discreta posible, fue detenido acusado de asesinar a la reina (una vez más) y de dos crímenes contra personas que, supuestamente, le habían amenazado con contar sus secretos. Además, le acusaban de intentar asesinar al hijo del duque de Lerma y al confesor del rey, Luis de Aliaga; de llevar a cabo sobornos y negocios ilegales para enriquecerse, y de falsear el certificado de limpieza de sangre para obtener títulos de nobleza.
Ahora Calderón no tenía defensa posible y fue literalmente «machacado». Su pasada arrogancia y soberbia jugó en su contra, y despertó en muchos miembros de la Corte el deseo de venganza. Todo se agravó, además, cuando el 31 de marzo de 1621 falleció en Madrid el rey Felipe III. Ascendió al trono su hijo, Felipe IV que, fiel al ejemplo de su padre nombró a un valido: Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde duque de Olivares. La suerte estaba echada porque Olivares no tenía intención alguna de dejar cabos sueltos del anterior reinado.
Calderón sufrió tormento, pero se negó a reconocer los cargos que se le imputaban, a pesar de lo cual fue condenado a muerte. El 21 de octubre de 1621 una triste comitiva se dirigió desde la cárcel de Corte hacia la Plaza Mayor de Madrid. Montado en un asno, con una espesa barba y una mirada llena de paz, humildad y sosiego, Rodrigo Calderón fue conducido al patíbulo. Las gentes del pueblo no le insultaron, ni le arrojaron inmundicias, le contemplaron con respeto y en silencio, conocedores de que había aceptado su muerte con gran entereza.
Se cuenta que, después de perdonar al verdugo, como era preceptivo, éste hizo ademán de descargarle el golpe mortal en la nuca, ante lo cual Calderón se volvió sereno pero autoritario y le dijo: «No he de morir por la espalda como los traidores, sino degollado por delante, como noble castellano».
No en vano aún hoy se dice la frase «Tiene más orgullo que Rodrigo en la horca». Una frase que guarda una inexactitud porque no fue ahorcado, pena que se reservaba a traidores y plebeyos, sino degollado hasta desangrarse.
El siguiente que debía caer era el propio duque de Lerma, pero este personaje guardó una última carta que, sin duda, debió dejar con los ojos muy abiertos a sus enemigos. Con los ojos abiertos por la sorpresa y la rabia contenida en su pecho por no poder juzgarle también a él. ¿Cuál fue su jugada maestra? Una que solo se podía conseguir contando con mucho dinero y muchas influencias: Compró al Papa un cargo de Cardenal de la Iglesia, concretamente el de presbítero de San Sixto de Roma.
Los enemigos de Lerma se dieron cuenta de que había pasado a pertenecer a la jurisdicción eclesiástica y que ni siquiera la justicia del rey podía acceder a él. De hecho, cuando el conde duque de Olivares intentó recluirle en Tordesillas para que llevase una vida menos cómoda, el duque de Lerma apeló al Papa quien llegó a reprender al valido de Felipe IV con el argumento de que este destierro atentaría contra el prestigio del colegio cardenalicio y era absolutamente ilegal, amenazándole con presentar cargos contra él ante el Tribunal del Santo Oficio por intromisión en los asuntos de la Iglesia.
No resulta extraño que, ante esta salida que se buscó Lerma, se compusiese una copla que se decía por Madrid. Una copla que rezaba así:
Para no morir ahorcado
el mayor ladrón de España
se vistió de colorado
Así, burlándose de sus enemigos, vivió Lerma hasta su final, que tuvo lugar pocos años después, el 17 de mayo de 1625.
Genio, figura, ambición desmedida y mucha inteligencia. Cuando se juntan estos factores cuánto peligro se cierne sobre una sociedad.
Espero que esta historia no sirva de ejemplo para nadie y, desde luego, cualquier parecido con la realidad actual es mera coincidencia ¿o no?.
Luis Orgaz Fernández
18/08/2025
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